## La conversación
El 17 de septiembre, *Democracy Now!* entrevistó a la filósofa Susan Neiman con motivo de la publicación de *Call It Evil: Understanding the Trump Era*. Amy Goodman y Nermeen Shaikh conducen una conversación breve, pero filosóficamente concentrada, sobre una pregunta incómoda: ¿qué perdemos cuando evitamos palabras como «bien», «mal» o «virtud» por miedo a parecer religiosos, ingenuos o polarizadores?
Neiman, directora emérita del Einstein Forum de Potsdam y autora de *Evil in Modern Thought*, responde desde la historia de la filosofía moral y desde la actualidad política de Estados Unidos y Alemania. Su tesis no es que una palabra resuelva el análisis, sino que una cultura que reduce toda motivación a interés, fuerza o poder queda peor equipada para reconocer y condenar la injusticia.
La entrevista completa, con vídeo, audio y transcripción, está disponible en [*Democracy Now!* — «Call It Evil: Philosopher Susan Neiman on Why Moral Clarity Matters in the Trump Era»](https://www.democracynow.org/2026/9/17/call_it_evil_susan_neiman).
## El mal no empieza como una doctrina religiosa
El primer movimiento del argumento consiste en separar el vocabulario moral de una pertenencia confesional. Neiman sostiene que la experiencia elemental de la injusticia precede a su elaboración religiosa: las religiones pueden interpretar el mal, narrarlo o prometer una respuesta, pero no poseen en exclusiva la capacidad humana de distinguir entre daño y justicia.
Esta distinción importa porque parte de la izquierda secular, según su diagnóstico, ha aprendido a desconfiar de las palabras morales. «Mal» parece demasiado absoluto; «virtud», demasiado antigua; «claridad moral», demasiado expuesta al abuso político. Neiman acepta que esas expresiones han sido manipuladas, pero niega que la consecuencia deba ser abandonarlas. Cederlas por completo permite que actores menos responsables monopolicen su fuerza pública.
El argumento plantea una cuestión clásica de filosofía del lenguaje: una palabra no queda invalidada porque haya sido empleada de manera hipócrita. Su sentido depende también de los criterios, las razones y las prácticas con que se aplica. La tarea crítica no sería eliminar el juicio moral, sino aprender a justificarlo y a distinguirlo de la propaganda.
## Contra la idea de que solo mandan la fuerza y el interés
La entrevista toma como punto de contraste una declaración de Stephen Miller según la cual el mundo estaría gobernado por la fuerza y el poder. Neiman relaciona esa visión con una tradición que remonta al diálogo de los melios narrado por Tucídides y que reaparece, con diferencias decisivas, en Carl Schmitt: cuando el poder se presenta como ley de hierro, la dominación deja de parecer una elección y adopta la apariencia de un hecho natural.
Ahí se encuentra uno de los núcleos filosóficos de la conversación. Decir que todos los seres humanos actúan únicamente por interés propio no es una observación neutral, afirma Neiman, sino una concepción de la naturaleza humana. La tesis puede volverse performativa: si se repite como realismo indiscutible, la cooperación, la obligación y el sacrificio empiezan a parecer disfraces de intereses menos confesables.
Neiman atribuye parte de esa imagen a lecturas empobrecidas de Adam Smith y Charles Darwin, mezcladas más tarde con versiones simplificadas de Michel Foucault. No desarrolla en la entrevista una genealogía completa, y conviene conservar esa cautela: Smith no reduce la vida moral al egoísmo, Darwin no convierte la selección natural en una norma política y Foucault no afirma que toda relación humana sea solamente dominación. El interés de su observación reside precisamente en cómo ideas complejas se transforman, al circular públicamente, en un sentido común sobre lo inevitable.
## La ley necesita algo que la ley no puede imponer por sí sola
Otro momento central aparece cuando Neiman recuerda que el Estado de derecho depende de ciudadanos e instituciones dispuestos a aceptar decisiones que a veces les perjudican. Ninguna constitución puede prever todas las conductas ni obligar por la fuerza a respetar cada límite. La continuidad de un orden jurídico exige hábitos de contención, lealtad a procedimientos compartidos y reconocimiento de adversarios como participantes legítimos.
Llamar «virtudes» a esas disposiciones no significa idealizar a los gobernantes ni sustituir las instituciones por buenas intenciones. Significa admitir que las normas formales descansan sobre compromisos que no producen automáticamente. La conversación abre así una tensión conocida desde Aristóteles hasta el republicanismo contemporáneo: una democracia necesita formar ciertas disposiciones cívicas, pero debe hacerlo sin imponer una doctrina moral única.
La actualidad de la cuestión es evidente. Si toda aceptación de límites se interpreta como debilidad y toda derrota institucional como fraude, la legalidad se vuelve un instrumento que solo se respeta cuando favorece al propio bando. El deterioro no empieza necesariamente con la abolición explícita de una norma; puede comenzar cuando desaparece la disposición a obedecerla en condiciones adversas.
## Tres tensiones que la entrevista no resuelve
La defensa de Neiman gana fuerza cuando se lee junto a sus dificultades.
La primera enfrenta **claridad y demonización**. Nombrar un acto como malo puede devolver gravedad a la discusión pública, pero también puede convertir al adversario en alguien situado fuera de toda conversación. La diferencia depende de si el juicio se dirige a políticas y conductas justificadamente descritas o si convierte a grupos enteros en encarnaciones del mal.
La segunda separa **condena y explicación**. Comprender las condiciones sociales que alimentan un movimiento político no equivale a justificarlo; condenarlo tampoco dispensa de investigar sus causas. Al inicio de la entrevista, cuando se le pregunta por los resultados de la extrema derecha en Sajonia-Anhalt, Neiman rehúsa ofrecer una conclusión inmediata y distingue entre racismo, desigualdad territorial y resentimiento hacia las élites occidentales. Esa prudencia concreta corrige cualquier lectura de la «claridad moral» como respuesta automática.
La tercera tensión opone **realismo y resignación**. Reconocer que el poder importa es indispensable para comprender la política. Convertirlo en la única motivación posible, sin embargo, borra de antemano la cooperación, el cuidado, la convicción y la resistencia. La cuestión no es escoger entre una visión angelical y otra cínica del ser humano, sino explicar por qué ambos tipos de conducta son posibles y qué instituciones favorecen cada uno.
## Por qué importa filosóficamente
La conversación recupera una pregunta que atraviesa la filosofía desde Platón: ¿es la justicia algo que debemos querer por sí mismo o solo una convención útil mientras carecemos de fuerza suficiente? Neiman responde que tratar el poder como realidad última no elimina la moral; instala una moral encubierta que admira la victoria, desprecia la vulnerabilidad y presenta la obediencia al más fuerte como madurez.
Su propuesta exige, no obstante, un trabajo que la entrevista apenas puede iniciar: precisar qué cuenta como mal, qué pruebas justifican ese juicio y qué límites evitan que la acusación se convierta en arma tribal. La claridad moral no consiste en hablar con mayor volumen. Consiste en sostener razones públicas, conservar la capacidad de describir daños graves y aceptar que también nuestros propios compromisos deben someterse a examen.
El valor de esta conversación reside en devolver esa disputa al centro. Entre el moralismo que simplifica y el cinismo que todo lo explica por interés queda un espacio difícil: juzgar sin dejar de comprender, condenar sin deshumanizar y defender instituciones cuya supervivencia depende de virtudes que ninguna ley puede garantizar por completo.