Ucrania en la era de las fronteras revisionistas


La invasión rusa de Ucrania no comenzó únicamente con el avance de los tanques ni con los ataques contra Kiev del 24 de febrero de 2022. Antes de la agresión militar fue necesario construir una justificación histórica, moral y política que presentara la guerra no como una violación de la soberanía de otro Estado, sino como una operación defensiva o incluso liberadora. En esa construcción propagandística ocupa un lugar central la supuesta necesidad de «desnazificar» Ucrania.


Stephen Kotkin rechaza esta explicación como una contradicción histórica y política carente de fundamento. Ucrania no era en 2022 un Estado nazi ni estaba gobernada por un movimiento neonazi. Era una democracia imperfecta, afectada por la corrupción, el poder de los oligarcas y la fragilidad de sus instituciones, pero dotada de pluralismo político, elecciones competitivas, alternancia en el poder y una esfera pública considerablemente más abierta que la rusa.


La cuestión, sin embargo, no se reduce a desmentir una falsedad. La propaganda de la «desnazificación» permite comprender una transformación más profunda: la sustitución de la historia por una mitología política destinada a justificar las ambiciones imperiales del Kremlin. En ella, Rusia aparece como heredera perpetua de la victoria soviética sobre Hitler, mientras que quienes se oponen a su influencia son presentados como continuadores del fascismo. El pasado deja así de servir para comprender el presente y se convierte en un instrumento para absolver anticipadamente al poder de sus propios actos.


La perspectiva de Kotkin permite situar esta propaganda dentro de un problema histórico más amplio: la dificultad de Rusia para aceptar la soberanía de las naciones surgidas de la desintegración soviética, el resentimiento de una parte de sus élites por el desenlace de la Guerra Fría y la incapacidad occidental para comprender que la integración económica no transformaría necesariamente a una autocracia en una democracia liberal.


El mito de una Ucrania nazi


Volodymyr Zelenskyy procede de una familia judía rusoparlante. Tres hermanos de su abuelo fueron asesinados durante el Holocausto, mientras que su abuelo combatió en el Ejército Rojo contra la Alemania nazi. Esta historia familiar vuelve especialmente grotesca la imagen de Zelenskyy como dirigente de un régimen nazi, aunque su origen, por sí solo, no constituya una refutación completa de toda acusación sobre la presencia de extremistas en Ucrania.


La refutación más sólida se encuentra en la propia realidad política del país. En las elecciones presidenciales de 2019, Zelenskyy obtuvo una amplia victoria electoral y sustituyó pacíficamente a Petró Poroshenko. En las elecciones parlamentarias celebradas ese mismo año, los observadores de la OSCE consideraron que las libertades fundamentales fueron respetadas en términos generales y que la campaña fue competitiva, aunque también señalaron irregularidades y problemas relacionados con la financiación política y determinadas circunscripciones. Ucrania no era una democracia ejemplar, pero tampoco un régimen totalitario dominado por una ideología racial y un partido único. Era, según la descripción más ajustada, una democracia defectuosa y parcialmente libre.


La extrema derecha ucraniana existe, como existe en Rusia y en numerosos países europeos. Algunos grupos ultranacionalistas adquirieron visibilidad durante el Euromaidán y durante la guerra iniciada en 2014. El regimiento Azov, en particular, contó en sus orígenes con dirigentes y símbolos vinculados a ambientes de extrema derecha. Ignorar estos hechos debilitaría innecesariamente la crítica a la propaganda rusa.


Pero reconocer la existencia de estos movimientos no equivale a afirmar que controlaran el Estado ucraniano. Sus resultados electorales fueron marginales, carecieron de capacidad para formar gobierno y nunca convirtieron a Ucrania en un régimen fascista. Confundir la presencia de grupos extremistas con la naturaleza política de todo un país sería tan absurdo como definir a cualquier democracia europea exclusivamente por sus organizaciones más radicales.


La comparación con Rusia resulta especialmente reveladora. Antes de la invasión, Ucrania presentaba corrupción estructural, influencia oligárquica, desigualdad en el acceso a los medios y debilidades en el Estado de derecho. Sin embargo, los ciudadanos podían organizar partidos, criticar al gobierno, disputar elecciones y sustituir a sus gobernantes. Rusia, por el contrario, había evolucionado hacia una autocracia personalista en la que los adversarios relevantes eran excluidos de las elecciones, encarcelados, obligados a exiliarse o sometidos a una represión creciente.


Por eso, la diferencia esencial no era entre una Ucrania perfecta y una Rusia absolutamente carente de sociedad civil. Era la diferencia entre un sistema abierto, aunque frágil y corrupto, y otro progresivamente cerrado, represivo y subordinado a la supervivencia de un dirigente.


La ironía histórica señalada por Kotkin es todavía más dolorosa. En nombre de la «desnazificación», las tropas rusas atacaron Kiev y Járkov, ciudades que habían sufrido la invasión y ocupación de la Alemania nazi en 1941. Lugares marcados por el Holocausto, como Babyn Yar, quedaron nuevamente expuestos a la violencia de una guerra de conquista. El vocabulario antifascista no impidió que Rusia reprodujera algunos de los rasgos clásicos de las guerras imperiales: negación de la nación invadida, anexión territorial, deportación de población y subordinación de la historia del otro a los intereses del agresor.


La expresión «desnazificación» no describe, por tanto, una realidad política ucraniana. Cumple otra función: convertir al adversario en una encarnación del mal contra la que cualquier violencia parece justificada.


Euromaidán: revolución ciudadana o conspiración occidental


La interpretación del Euromaidán constituye uno de los principales puntos de ruptura entre la perspectiva de Kotkin y la narrativa del Kremlin. Para Putin, las denominadas «revoluciones de colores» no son movimientos sociales autónomos, sino operaciones encubiertas organizadas por Estados Unidos para instalar gobiernos hostiles cerca de las fronteras rusas. Desde esta concepción, la protesta ciudadana es difícilmente inteligible como expresión espontánea de descontento: siempre debe existir detrás de ella un servicio de inteligencia, una financiación extranjera o una estrategia secreta.


Esta visión procede, en parte, de la cultura política de los antiguos servicios de seguridad soviéticos. Si el poder se concibe como manipulación, infiltración y control, resulta difícil admitir que miles de personas puedan movilizarse sin obedecer a un centro oculto. La protesta aparece entonces como una tecnología extranjera y la democracia como la cobertura ideológica de una operación geopolítica.


La Revolución Naranja de 2004 surgió después de unas elecciones presidenciales marcadas por graves denuncias de fraude en favor de Viktor Yanukóvich. Las protestas populares y la intervención del Tribunal Supremo condujeron a una repetición de la segunda vuelta, en la que venció Viktor Yúshchenko. Aquella movilización no resolvió los problemas estructurales de Ucrania, pero mostró que una parte significativa de la sociedad no estaba dispuesta a aceptar pasivamente la manipulación electoral.


El Euromaidán comenzó en noviembre de 2013, cuando Yanukóvich suspendió la firma de un acuerdo de asociación con la Unión Europea después de recibir fuertes presiones de Moscú. Las primeras manifestaciones crecieron tras la represión policial y acabaron convirtiéndose en una revuelta contra la corrupción, el autoritarismo y la subordinación política del país. En febrero de 2014, después de una escalada de violencia en la que murieron numerosos manifestantes y policías, Yanukóvich abandonó Kiev y huyó posteriormente a Rusia.


La interpretación de estos acontecimientos continúa siendo objeto de controversia. La participación de gobiernos occidentales, organizaciones internacionales y fundaciones extranjeras en el apoyo a la sociedad civil ucraniana es un hecho. También hubo actuaciones diplomáticas discutibles y una evidente pugna geopolítica sobre la orientación futura del país. Además, las responsabilidades exactas por algunos episodios de violencia, incluidos los disparos ocurridos en febrero de 2014, siguen siendo debatidas.


Pero de estas circunstancias no se desprende que millones de ucranianos fueran simples instrumentos de la CIA ni que el Euromaidán pueda reducirse a un golpe occidental. Esa explicación elimina la capacidad de acción de los propios ucranianos: convierte sus preferencias, temores y sacrificios en efectos secundarios de una conspiración exterior.


Kotkin contempla tanto la Revolución Naranja como el Euromaidán como manifestaciones genuinas de una sociedad que se negó a aceptar gobernantes corruptos e instituciones vaciadas de contenido. Los ucranianos demostraron que estaban dispuestos a arriesgar su seguridad e incluso su vida por una idea de dignidad política. Esta valentía no transforma automáticamente todas sus decisiones en correctas, pero obliga a reconocerlos como sujetos de su propia historia.


Ucrania no es Rusia


La afirmación de que Ucrania no constituye una verdadera nación ha aparecido reiteradamente en el pensamiento político ruso. No se limita a Putin ni al aparato ideológico del Kremlin. Incluso figuras enfrentadas al comunismo soviético, como Aleksandr Solzhenitsyn, consideraron difícil aceptar una separación completa entre Rusia, Ucrania y Bielorrusia. Otros autores han interpretado Kiev como origen común e inseparable del mundo ruso.


Esta proximidad histórica, religiosa, lingüística y cultural es innegable. Rusos y ucranianos han compartido imperios, guerras, migraciones, vínculos familiares y tradiciones religiosas. Pero de la existencia de una historia compartida no se deduce que uno de los pueblos tenga derecho a gobernar al otro. La semejanza cultural no anula la soberanía política. De hecho, muchas de las fronteras nacionales europeas separan sociedades entrelazadas por siglos de convivencia.


Desde 1991, Ucrania es un Estado internacionalmente reconocido. En el referéndum celebrado en diciembre de aquel año, más del 90 % de los votantes apoyó la independencia, con mayorías favorables en todas las regiones, incluidas Crimea, Donetsk y Lugansk. Rusia reconoció posteriormente las fronteras ucranianas y asumió compromisos relacionados con su integridad territorial.


La cuestión decisiva no es, por tanto, determinar si Ucrania y Rusia poseen elementos históricos comunes, sino quién tiene derecho a decidir el futuro político de Ucrania. Para Kotkin, la respuesta solo puede ser una: los propios ucranianos.


El contraste entre ambos países se fue haciendo cada vez más pronunciado. Ucrania permaneció dividida, inestable y dominada parcialmente por oligarcas, pero conservó una competencia política real. Rusia estabilizó el Estado y recuperó capacidad internacional, pero lo hizo concentrando el poder, reduciendo el pluralismo y equiparando gradualmente la continuidad de Putin con la seguridad del país.


Esta confusión entre dirigente, régimen y nación es característica de las dictaduras personalistas. Cualquier amenaza contra el gobernante se presenta como una amenaza contra la patria; cualquier protesta interna se atribuye al enemigo extranjero, y cualquier país vecino que elige una trayectoria diferente se convierte en un peligro existencial. El posible éxito de una Ucrania democrática resultaba amenazador no porque implicara necesariamente una agresión militar contra Rusia, sino porque demostraría que una sociedad culturalmente próxima podía elegir gobernantes, derribarlos mediante elecciones y orientarse hacia Europa sin dejar de ser eslava ni renunciar a su propia historia.


La geopolítica perpetua de Rusia


Kotkin inscribe la conducta de Putin en una pauta histórica de larga duración. Durante siglos, Rusia se ha concebido como una gran potencia providencial, portadora de una misión civilizatoria excepcional. Sin embargo, sus capacidades económicas, tecnológicas e institucionales rara vez han correspondido plenamente a esa aspiración.


De esta diferencia entre pretensiones y capacidades surge lo que podríamos denominar la «geopolítica perpetua» rusa. El Estado intenta compensar sus debilidades internas mediante centralización, expansión territorial y movilización coercitiva de recursos. Durante algunos periodos, esta estrategia produce resultados extraordinarios: las victorias sobre Carlos XII, Napoleón o Hitler convirtieron a Rusia en una potencia decisiva. Pero la concentración de poder que permite realizar esos esfuerzos también dificulta la innovación, favorece el estancamiento y termina subordinando el país a una élite política poco dispuesta a admitir sus errores.


El colapso de la Unión Soviética en 1991 intensificó esta contradicción. Kotkin describe la retirada de las tropas soviéticas de Europa Oriental como una especie de «Napoleón a la inversa»: en lugar de un ejército derrotado que regresa perseguido desde Moscú, fue el ejército ruso el que abandonó Berlín, Varsovia, Praga y las repúblicas bálticas.


Para los países de Europa Central y Oriental, la entrada en la OTAN y en la Unión Europea representó una garantía frente al posible retorno del dominio ruso. No fueron simplemente absorbidos contra su voluntad por Occidente; solicitaron insistentemente su integración. Para una parte de la élite rusa, sin embargo, aquella ampliación confirmó que Estados Unidos se había aprovechado de la debilidad de Moscú.


Putin y Nikolái Pátrushev pertenecen a una generación que vivió la década de 1990 como una humillación nacional. La pérdida del imperio, el hundimiento económico, el enriquecimiento de los oligarcas y la expansión occidental se fusionaron en una misma memoria de derrota. De ahí nació el proyecto de reconstruir el poder estatal, recuperar internamente los recursos apropiados durante la transición y revertir externamente algunas de las pérdidas geopolíticas.


La tragedia consiste en que la restauración de Rusia como Estado acabó identificándose con la restauración de una esfera imperial. La seguridad dejó de significar protección de las fronteras reconocidas y pasó a exigir que los países vecinos aceptaran una soberanía limitada.


Las ilusiones de Occidente


La responsabilidad principal de la invasión corresponde al régimen que decidió emprenderla. Reconocerlo no exige absolver a Occidente de todos sus errores. Kotkin critica especialmente la creencia, muy extendida después de la Guerra Fría, de que la integración económica conduciría por sí misma a la liberalización política.


Esta expectativa podría denominarse «síndrome de Pigmalión»: Occidente proyectó sobre Rusia y China la imagen en la que deseaba que se transformaran. Se suponía que el comercio generaría una clase media, que esta exigiría seguridad jurídica y que la interdependencia haría irracional cualquier conflicto militar importante.


La política alemana del Wandel durch Handel, el cambio a través del comercio, representó de manera paradigmática esta esperanza. Pero la apertura económica no opera en un vacío institucional. Los gobiernos autoritarios pueden aprovechar los mercados internacionales para aumentar sus recursos, distribuir rentas entre las élites leales y perfeccionar sus mecanismos de control sin democratizarse.


También se produjo un error de «espejo»: se atribuyó a los dirigentes autoritarios una jerarquía de preferencias similar a la de los gobiernos occidentales. Se pensó que evitarían cualquier decisión que redujera el PIB, perjudicara a la industria o limitara el consumo. Sin embargo, un régimen patrimonialista no necesita maximizar el bienestar general. Le basta con conservar los ingresos que financian a las élites, los servicios de seguridad y el aparato represivo.


La dependencia europea del gas ruso proporcionó al Kremlin recursos y capacidad de presión. El sistema financiero y jurídico occidental, por su parte, ayudó a numerosos oligarcas a proteger fortunas, adquirir propiedades y reconstruir su reputación. El problema no fue un exceso abstracto de diplomacia, sino una interdependencia construida sin suficientes garantías políticas y estratégicas.


El aprendizaje de la impunidad


La invasión de 2022 tampoco fue una irrupción inexplicable de irracionalidad. Putin había comprobado que el uso de la fuerza podía producir beneficios sin desencadenar una respuesta occidental decisiva.


En 2008, Rusia intervino militarmente en Georgia y consolidó su control sobre Abjasia y Osetia del Sur. En 2014, ocupó y anexionó Crimea y apoyó militarmente a las fuerzas separatistas del Donbás. Hubo sanciones, condenas diplomáticas y ayuda a Ucrania, pero no una reacción capaz de modificar de manera definitiva el cálculo estratégico del Kremlin.


Al mismo tiempo, Europa continuó profundizando algunas de sus relaciones energéticas con Rusia. Las divisiones internas de Estados Unidos, el Brexit, el crecimiento de los populismos y la retirada occidental de Afganistán en 2021 contribuyeron a transmitir una imagen de agotamiento.


La decisión de invadir partió de cálculos erróneos: se sobreestimó la capacidad del ejército ruso, se subestimó la resistencia ucraniana y se supuso que Zelenskyy huiría, que Kiev caería rápidamente y que las democracias occidentales responderían de manera descoordinada. Pero esos errores no eran completamente arbitrarios. Se apoyaban en una historia previa de éxitos limitados, respuestas insuficientes y creciente dependencia económica.


La autocracia personalista añadió un problema decisivo: cuanto más se concentra el poder, menor es la información fiable que llega al gobernante. Los subordinados aprenden a confirmar sus expectativas y a ocultar los datos que podrían contrariarlo. La invasión fue, por ello, simultáneamente una decisión racional dentro de una visión deformada del mundo y una demostración de la irracionalidad institucional producida por el poder sin controles.


Putin, involuntario fundador de una Ucrania unificada


Antes de 2014, Rusia poseía una enorme influencia en Ucrania. Las relaciones económicas, la lengua rusa, los medios de comunicación, las redes empresariales y los vínculos familiares le proporcionaban instrumentos mucho más eficaces que la fuerza militar.


Ucrania estaba políticamente dividida. En las regiones orientales y meridionales existían identidades complejas y sectores favorables a mantener una relación estrecha con Moscú. Ser rusoparlante no implicaba necesariamente considerarse ruso ni desear la incorporación a Rusia, pero la identidad nacional ucraniana tampoco tenía en todas partes la misma intensidad.


La agresión transformó esa realidad. La anexión de Crimea y la guerra del Donbás redujeron el atractivo de Rusia. La invasión de 2022 aceleró el proceso de manera irreversible: ciudades mayoritariamente rusoparlantes como Járkov fueron atacadas por el ejército que decía acudir a protegerlas.


Putin consiguió así exactamente lo contrario de lo que pretendía. Quería impedir que Ucrania se separara definitivamente de la órbita rusa y acabó consolidando una identidad nacional basada en la resistencia frente a Rusia. Quería limitar la aproximación ucraniana a Occidente y convirtió la integración europea en una cuestión de supervivencia. Quería demostrar la debilidad de la OTAN y favoreció su ampliación.


Esta paradoja muestra los límites de la coerción. La fuerza puede ocupar un territorio, pero difícilmente puede producir lealtad. Rusia poseía poder blando, influencia cultural y relaciones económicas; al sustituirlas por misiles, ocupación y anexiones, destruyó buena parte de su propio patrimonio político.


Fronteras de victoria y fronteras de derrota


Una de las distinciones más sugerentes de Kotkin contrapone las «fronteras de victoria» a las «fronteras de derrota». Después de la Segunda Guerra Mundial, la Unión Soviética administraba un imperio surgido de la victoria sobre Alemania. Aunque mantuvo una política exterior agresiva y represiva, tenía también razones para conservar el orden territorial que reconocía sus conquistas. De ahí su interés en acuerdos como el Acta Final de Helsinki de 1975.


La Rusia contemporánea interpreta parte de sus fronteras como resultado de una derrota: el colapso soviético. China contempla la separación de Taiwán a través del recuerdo de la guerra civil y del denominado «siglo de humillación». El régimen iraní considera el orden regional dominado por Estados Unidos e Israel como una estructura hostil que debe modificarse.


Estas potencias son revisionistas no porque toda su conducta conduzca inevitablemente a una guerra, sino porque consideran injustos algunos elementos esenciales del orden existente. Su legitimidad interna se alimenta, además, de la promesa de reparar humillaciones históricas.


El concepto resulta útil, pero también plantea una dificultad. Ninguna frontera posee legitimidad únicamente porque sea consecuencia de una victoria. El derecho internacional no puede limitarse a congelar eternamente los resultados de las guerras pasadas. La estabilidad necesita mecanismos de cambio pacífico, reconocimiento de minorías y cooperación regional. De lo contrario, el statu quo puede proteger injusticias reales.


La diferencia moral decisiva no se encuentra entre querer conservar o modificar una frontera, sino entre promover el cambio mediante acuerdos y pretender imponerlo mediante invasiones, deportaciones o anexiones. El revisionismo se vuelve destructivo cuando convierte una interpretación histórica discutible en autorización para negar la existencia política del vecino.


¿Qué significa que Ucrania gane?


Kotkin propone modificar el criterio con el que se evalúa la guerra. Ucrania perdió territorios en el este y el sur, pero ganó la batalla fundamental por su existencia como Estado soberano. Rusia no pudo tomar Kiev, derribar al gobierno ni convertir el país en un protectorado.


Este resultado no elimina la tragedia de los territorios ocupados ni el derecho de Ucrania a reclamar su restitución. Tampoco significa que la población de Crimea, Donetsk, Lugansk, Jersón o Zaporiyia carezca de importancia. Describir las regiones devastadas únicamente como un «paisaje lunar» de industrias obsoletas sería injusto con quienes viven o vivían allí. El territorio no es valioso solo por sus recursos: contiene hogares, vínculos comunitarios, memoria y derechos.


La pregunta estratégica es distinta: ¿cuántas vidas pueden sacrificarse para recuperar militarmente cada kilómetro y qué resultado es realmente alcanzable? Kotkin considera que una guerra indefinida puede destruir precisamente aquello que se pretende salvar. Por eso defiende un armisticio en la línea de contacto acompañado de garantías de seguridad y de una vía efectiva hacia la integración europea.


Un armisticio no equivaldría necesariamente a reconocer jurídicamente las anexiones rusas. La experiencia de Corea demuestra que es posible detener los combates sin resolver definitivamente el conflicto territorial. El objetivo sería permitir que la parte libre de Ucrania se reconstruyera, desarrollara sus instituciones y se convirtiera en un país próspero y seguro.


Esta propuesta recibe objeciones importantes. Un alto el fuego podría permitir que Rusia rearmara sus fuerzas y reanudara la guerra en condiciones más favorables. También podría premiar la agresión y transmitir a otras potencias que la conquista produce beneficios territoriales. Para evitarlo, cualquier armisticio necesitaría garantías militares creíbles, ayuda estable, capacidad defensiva ucraniana y una política de no reconocimiento de las anexiones.


El modelo no sería una neutralidad indefensa, sino una Ucrania semejante a Corea del Sur: protegida, integrada económicamente y capaz de demostrar que el éxito institucional constituye una victoria más profunda que la ocupación territorial.


El capital humano como territorio decisivo


Para Kotkin, el principal activo de Ucrania no está bajo tierra, sino en su población. La guerra ha revelado una extraordinaria capacidad de adaptación tecnológica. El desarrollo y empleo de drones, sistemas autónomos, redes digitales e innovaciones descentralizadas ha permitido compensar parcialmente la superioridad material rusa.


Ucrania se ha convertido en un laboratorio de tecnología defensiva. Empresas, unidades militares, ingenieros y voluntarios colaboran con una rapidez difícil de reproducir en los grandes sistemas burocráticos. Las innovaciones se prueban en el frente, se modifican y vuelven a desplegarse en ciclos muy breves.


Esta capacidad no debe romantizar la guerra. La innovación tecnológica reduce ciertos riesgos, pero no elimina la destrucción ni el sufrimiento. Además, la expansión de sistemas autónomos plantea problemas morales: responsabilidad por los ataques, protección de civiles y creciente distancia entre quien decide y quien muere.


Aun así, la experiencia ucraniana muestra que el poder contemporáneo no depende únicamente de la extensión territorial, la población o el número de tanques. Depende también de la capacidad para aprender, descentralizar decisiones y convertir conocimiento civil en resistencia militar. Ucrania ha conservado su soberanía porque su sociedad demostró ser más adaptable de lo que Rusia había previsto.


Zelenskyy y la política del valor


Antes de la invasión, Zelenskyy era un presidente desgastado. Había llegado al poder prometiendo combatir la corrupción y alcanzar la paz, pero su gobierno acumulaba decepciones y conflictos. La decisión de permanecer en Kiev cuando parecía posible la caída de la capital transformó radicalmente su figura política.


El valor de aquella decisión no consistió únicamente en el riesgo personal. Si Zelenskyy hubiera abandonado el país, podría haber acelerado el derrumbe institucional y confirmado la narrativa rusa de un Estado artificial incapaz de defenderse. Al quedarse, convirtió la continuidad física del gobierno en símbolo de la continuidad de la nación.


Su experiencia en televisión, presentada a veces como prueba de superficialidad, resultó decisiva para la guerra de la información. Zelenskyy comprendió que la ayuda internacional dependía no solo de las decisiones de los gobiernos, sino también de la opinión pública. Adaptó sus intervenciones a la memoria política de cada país y presentó la defensa de Ucrania como parte de una lucha más amplia por la supervivencia de las democracias.


Su liderazgo no debe quedar exento de crítica. La concentración de poder durante la ley marcial, las restricciones a determinadas organizaciones políticas, la unificación de emisiones televisivas y las tensiones sobre la celebración de elecciones exigen vigilancia. Las democracias pueden adoptar medidas excepcionales durante una invasión, pero la excepcionalidad no debería convertirse en una forma permanente de gobierno.


Por eso conviene no basar la legitimidad de Ucrania en la santificación de un dirigente. La causa ucraniana es la defensa del derecho de una sociedad a gobernarse, no la infalibilidad de Zelenskyy.


El regalo estratégico y la obligación democrática


Kotkin sostiene que la resistencia ucraniana proporcionó a Occidente un enorme regalo estratégico. Las democracias, debilitadas por la polarización y acostumbradas a pensar que la competencia entre grandes potencias había quedado atrás, redescubrieron su capacidad de coordinación.


La invasión revitalizó la OTAN, impulsó aumentos del gasto defensivo y obligó a Europa a reducir su dependencia energética de Rusia. También mostró que las sociedades democráticas podían responder colectivamente ante una agresión, aunque sus decisiones hayan sido lentas, desiguales y sometidas a disputas internas.


Pero llamar «regalo» a la resistencia ucraniana solo es moralmente aceptable si no olvidamos quién ha pagado su precio. Los beneficios estratégicos de Occidente se han construido sobre ciudades destruidas, desplazamientos masivos y miles de vidas perdidas. La ayuda militar no puede justificarse únicamente porque debilite a Rusia; debe orientarse a proteger la soberanía y la población ucranianas.


El apoyo a Ucrania tampoco debería excluir la búsqueda de una salida diplomática. Diplomacia y defensa no son términos incompatibles. Una negociación solo puede ser justa si Ucrania dispone de capacidad suficiente para no aceptar cualquier condición impuesta por la fuerza. Al mismo tiempo, la entrega de armas necesita formar parte de una estrategia política: seguridad, reconstrucción, integración europea y preservación de las instituciones democráticas.


Conclusión: la victoria que Putin no puede conquistar


La guerra de Ucrania no enfrenta a una nación absolutamente inocente contra otra formada exclusivamente por agresores. Ucrania posee problemas históricos, corrupción, nacionalismos excluyentes y déficits democráticos que no deben ocultarse. Rusia tampoco puede reducirse a Putin: en su interior existen ciudadanos que se han opuesto a la guerra y han padecido la represión.


Pero reconocer esa complejidad no significa disolver las responsabilidades. La existencia de defectos en la democracia ucraniana no convierte al país en nazi. La presencia de extremistas no autoriza una invasión. Los vínculos históricos entre rusos y ucranianos no conceden a Moscú el derecho a decidir el futuro político de Kiev. Y los errores occidentales no anulan la responsabilidad del régimen que ordenó cruzar la frontera.


La gran paradoja señalada por Kotkin es que Putin ha destruido buena parte de aquello que pretendía conservar. Al intentar demostrar que Ucrania no era una verdadera nación, fortaleció su identidad nacional. Al querer impedir su orientación occidental, la hizo prácticamente irreversible. Al presentar a la OTAN como una amenaza expansiva, favoreció su ampliación. Al utilizar la fuerza para restaurar la influencia rusa, convirtió esa influencia en temor y rechazo.


Ucrania ya obtuvo una victoria esencial cuando evitó la caída de Kiev y conservó su soberanía. La cuestión pendiente es si esa victoria política puede transformarse en seguridad, prosperidad y democracia duraderas. Recuperar todo el territorio continúa siendo una aspiración legítima, pero la supervivencia de la sociedad ucraniana no puede medirse exclusivamente en kilómetros cuadrados.


El desafío consiste en alcanzar una paz que no reconozca el derecho de conquista, pero que tampoco prolongue indefinidamente una destrucción incapaz de producir una victoria completa. Un armisticio protegido por garantías creíbles, unido a la reconstrucción y a la integración europea, podría convertir a Ucrania en algo que el Kremlin teme más que una derrota militar localizada: una nación soberana, próspera y políticamente libre junto a las fronteras de Rusia.


Putin puede ocupar territorios y alterar mapas. Lo que ya no puede recuperar mediante la fuerza es la confianza perdida de los ucranianos ni la identidad nacional que su propia guerra contribuyó a consolidar.


Bibliografía y fuentes recomendadas


Freedom House, Freedom in the World 2022: Ukraine.


Kotkin, Stephen, «The Cold War Never Ended», entrevista con David Remnick, The New Yorker, 2022.


Kotkin, Stephen, entrevistas sobre los desenlaces posibles de la guerra de Ucrania en School of War y Hoover Institution.


Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa, Ukraine: Early Parliamentary Elections, 21 July 2019. ODIHR Election Observation Mission Final Report.


Plokhy, Serhii, The Gates of Europe: A History of Ukraine, Basic Books.


Snyder, Timothy, The Road to Unfreedom: Russia, Europe, America, Tim Duggan Books.


Yekelchyk, Serhy, Ukraine: What Everyone Needs to Know, Oxford University Press.


Historia familiar de Volodymyr Zelenskyy y el Holocausto: https://www.president.gov.ua/en/news/volodimir-zelenskij-rozpoviv-istoriyu-svoyeyi-rodini-pid-cha-59437.


Informe de la OSCE sobre las elecciones parlamentarias ucranianas de 2019: https://cdn.osce.org/sites/default/files/f/documents/6/9/439634_0.pdf.


Perfil de Ucrania en Freedom House: https://freedomhouse.org/country/ukraine.


Entrevista y análisis de Stephen Kotkin sobre Rusia, Ucrania y China: https://aparc.fsi.stanford.edu/news/stephen-kotkin-russia_ukraine-us-china-lessons.