## Un desacuerdo sobre el valor del acuerdo
La filosofía lleva siglos discutiendo algunas de sus preguntas centrales. No existe un consenso comparable al científico sobre el libre albedrío, la naturaleza de la conciencia, el fundamento de la moral o el criterio último de justicia. Esa persistencia del desacuerdo suele alimentar una sospecha: **si la filosofía progresa mediante razones, ¿por qué sus mejores especialistas no terminan alcanzando las mismas conclusiones?**
En [*Philosophical Agreement and Philosophical Progress*](https://www.cambridge.org/core/journals/episteme/article/philosophical-agreement-and-philosophical-progress/E10A9C5EB0469155B57659A0C4B8E4E3), Julia Smith propone revisar la pregunta antes de responderla. El artículo apareció primero en línea el 14 de febrero de 2024 y se publicó en el volumen 22, número 2, de *Episteme*, en junio de 2025, páginas 406-424. Está disponible en acceso abierto con licencia CC BY 4.0 y puede localizarse también mediante su [DOI: 10.1017/epi.2023.61](https://doi.org/10.1017/epi.2023.61).
Smith no intenta demostrar que todas las opiniones filosóficas valgan lo mismo, que la verdad sea relativa o que la argumentación sea inútil. Su pregunta es más precisa: **cuando una mayoría de filósofos acepta una tesis, ¿constituye ese acuerdo una razón adicional para creer que la tesis es verdadera?** Su respuesta es pesimista: en muchas cuestiones filosóficas no tenemos buenas razones para atribuir al acuerdo esa función probatoria.
## Del número de partidarios a la probabilidad de verdad
El punto de partida es una intuición plausible. Si muchas personas competentes llegan de manera independiente a una misma conclusión, parece razonable confiar más en ella que en el juicio aislado de una persona. Smith reconstruye esta intuición mediante el teorema del jurado de Condorcet.
En su forma básica, el teorema establece que, si cada integrante de un grupo tiene una probabilidad superior a 0,5 de acertar y sus juicios son independientes, la probabilidad de que la mayoría acierte aumenta con el tamaño del grupo y tiende a uno. El resultado depende de dos condiciones:
- **Competencia:** la capacidad media del grupo para responder correctamente debe superar el azar.
- **Independencia:** los juicios no deben ser simples ecos de la autoridad, la moda o la influencia de otros miembros.
Si estas condiciones se cumplieran en filosofía, el acuerdo mayoritario tendría valor epistémico. Una posición aceptada por el 70 % de los especialistas ofrecería, en igualdad de circunstancias, una señal más fuerte que otra aceptada por el 55 %. El consenso no sería valioso porque evite el conflicto, sino porque funcionaría como indicio de verdad.
Pero el teorema también revela el problema. **Contar opiniones solo sirve después de justificar la fiabilidad del proceso que las produce.** Si cien personas repiten el juicio de una sola, no hay cien evaluaciones independientes. Y si la probabilidad media de acierto no supera el azar, añadir participantes no convierte mecánicamente la mayoría en conocimiento. El acuerdo puede amplificar la sabiduría colectiva, pero también una dependencia común o un error compartido.
## La dificultad de medir la competencia filosófica
Podría parecer obvio que los filósofos profesionales satisfacen la condición de competencia: conocen la literatura, distinguen argumentos, detectan contradicciones y han dedicado años a formar su juicio. Smith introduce aquí una distinción importante. La competencia requerida por Condorcet no significa ser hábil, creativo o riguroso al filosofar; significa **tener una probabilidad suficientemente alta de acertar la respuesta verdadera**.
Una persona puede construir argumentos excelentes a favor de una conclusión falsa. El talento argumentativo incluso puede ayudar a defender con mayor eficacia una convicción previa. Para saber si la comunidad filosófica supera el umbral de competencia no basta, por tanto, con observar su formación o la calidad de sus publicaciones: necesitaríamos comparar sus respuestas con las respuestas correctas. Pero precisamente en las grandes disputas filosóficas carecemos de un criterio independiente y aceptado que permita efectuar esa comprobación.
Esta dificultad no prueba que los filósofos acierten menos que el azar. La tesis de Smith es deliberadamente más modesta: **no disponemos de una justificación suficiente para suponer que, en muchas cuestiones, el acuerdo de la comunidad cumple la condición necesaria para ser una guía fiable de la verdad**. La ausencia de garantía no equivale a una prueba de incompetencia, pero sí impide usar el mero número de partidarios como evidencia adicional.
## El sesgo de mi lado
La parte psicológica del argumento se apoya en el llamado *myside bias*, que puede traducirse como «sesgo de mi lado». No consiste solo en buscar datos que confirmen una hipótesis. Describe la tendencia a reunir, interpretar y valorar las razones de una manera favorable a convicciones que ya sentimos como propias.
Smith recuerda investigaciones en las que personas con opiniones previas opuestas juzgan de modo diferente las mismas evidencias. También señala que una mayor capacidad cognitiva no inmuniza necesariamente contra este sesgo: las habilidades intelectuales pueden ponerse al servicio de la revisión crítica, pero también de una defensa más sofisticada de lo que ya se cree.
La aplicación a la filosofía resulta incómoda. Un filósofo no suele recibir un argumento como una hoja en blanco. Ha invertido tiempo en una teoría, pertenece a una tradición, ha sido formado por determinados maestros y quizá ha construido parte de su identidad profesional alrededor de una posición. En esas condiciones, examinar una objeción puede convertirse sin advertirlo en buscar la premisa que debe rechazarse para conservar la conclusión.
El problema puede ser mayor en las preguntas de amplio alcance —Dios, libertad, justicia, conocimiento, moralidad— porque suelen conectar con compromisos anteriores a la formación especializada. Sin embargo, Smith evita trazar una frontera cómoda: incluso las cuestiones técnicas pueden quedar afectadas por lealtades intelectuales adquiridas al comienzo de una carrera o por la cultura filosófica de una universidad o escuela.
## Dos objeciones importantes
### Los filósofos sí cambian de opinión
Existen conversiones intelectuales notables. Wittgenstein abandonó aspectos centrales del *Tractatus*; Laurence BonJour revisó su coherentismo; Frank Jackson dejó de considerar concluyente su célebre argumento del conocimiento contra el fisicalismo. ¿No demuestran estos casos que la argumentación filosófica puede vencer a las convicciones previas?
Smith responde que el sesgo es una tendencia, no una ley psicológica inexorable. Que algunas personas revisen posiciones muy arraigadas es compatible con que, en promedio, las convicciones influyan en la evaluación de la evidencia. Las conversiones muestran que la autocrítica es posible; no permiten calcular por sí solas la fiabilidad colectiva exigida por el modelo de Condorcet.
Esta respuesta es razonable, aunque también limita el alcance empírico del argumento. Si el sesgo admite excepciones y no sabemos cuánto afecta a los filósofos frente a otros grupos, resulta difícil pasar de «hay motivos para la cautela» a una conclusión fuerte sobre la irrelevancia general del acuerdo.
### El argumento parece extenderse a la ciencia
Los científicos también tienen carreras, escuelas, intereses y convicciones. Si el razonamiento motivado destruyera el valor del consenso filosófico, ¿por qué no destruiría igualmente el consenso científico?
La respuesta del artículo no atribuye una psicología superior a los científicos. Apela a diferencias institucionales y metodológicas. Muchas controversias científicas pueden quedar sometidas a nuevos datos, mediciones más precisas, experimentos reproducibles y predicciones que fracasan o se cumplen. En filosofía, en cambio, parte del desacuerdo afecta a qué debe contar como evidencia, qué intuiciones son legítimas o qué conceptos expresan adecuadamente el problema. Además, definiciones y juicios normativos decisivos no suelen quedar zanjados por una observación empírica.
La distinción no es absoluta. Hay ciencias con disputas metodológicas profundas y filosofía que mejora al incorporar datos. Smith sostiene una comparación de grado: la filosofía ofrece menos mecanismos externos capaces de forzar la revisión convergente de teorías rivales.
## Una dificultad interna del artículo
El núcleo del paper permite una objeción adicional. El teorema de Condorcet proporciona condiciones suficientes para que la mayoría sea extremadamente fiable bajo un modelo idealizado. De ahí no se sigue sin más que, cuando no podemos demostrar que esas condiciones se cumplen, el acuerdo carezca de todo valor epistémico.
Entre la garantía matemática y la irrelevancia puede existir un territorio intermedio. Un consenso podría constituir una evidencia débil incluso si no sabemos asignar a cada filósofo una probabilidad de acierto superior a 0,5. La trayectoria de una discusión, la diversidad de métodos, la exposición prolongada a objeciones, la representación de perspectivas rivales y la ausencia de coerción también pueden importar. No aseguran la verdad, pero quizá permitan distinguir un acuerdo ganado mediante crítica de una simple coincidencia social.
Además, la incidencia del sesgo de mi lado podría combatirse institucionalmente. La revisión por pares, la colaboración entre tradiciones, la exposición de los propios supuestos, las réplicas públicas y la obligación de reconstruir caritativamente la posición contraria no eliminan el sesgo, pero pueden reducirlo. La pregunta práctica sería entonces menos «¿son competentes los filósofos?» que «¿qué formas de conversación hacen a una comunidad filosófica más fiable?».
## Progreso sin unanimidad
La conclusión más fértil de Smith no es escéptica, sino metafilosófica. Si el acuerdo no es un indicador seguro de verdad, la falta de consenso tampoco demuestra que la filosofía haya fracasado. La disciplina puede progresar de otros modos:
- aclarando conceptos que antes se confundían;
- distinguiendo preguntas diferentes bajo una misma formulación;
- revelando consecuencias no advertidas de una tesis;
- construyendo mejores modelos y experimentos mentales;
- conectando problemas que parecían separados;
- descartando argumentos defectuosos aunque no se alcance una teoría final;
- ampliando el espacio de posibilidades que una decisión responsable debe considerar.
Este criterio evita dos extremos. El primero identifica progreso con unanimidad y convierte cada desacuerdo persistente en derrota. El segundo celebra indefinidamente la pluralidad sin reconocer que unas razones pueden ser mejores que otras. La filosofía puede avanzar sin cerrar una discusión, pero no por el mero hecho de multiplicar opiniones: avanza cuando el desacuerdo se vuelve más preciso, las alternativas se comprenden mejor y resulta más difícil sostener una posición ignorando sus costes y objeciones.
El artículo también ayuda a distinguir **acuerdo** y **encuentro**. Pensar con otros no exige terminar pensando lo mismo. Puede significar dejar que la posición ajena modifique la formulación de nuestro problema, descubrir qué supuestos estábamos dando por evidentes o aprender a medir la fuerza de una razón que finalmente no aceptamos. El diálogo fracasa cuando el otro no deja ninguna huella en nuestra manera de pensar, incluso si exteriormente alcanzamos una fórmula común.
## Una lectura final
Smith tiene razón al exigir que no confundamos popularidad profesional con verdad. Una encuesta entre filósofos describe una distribución de convicciones; por sí sola no resuelve el argumento. También acierta al recordar que la inteligencia puede racionalizar y que la pertenencia a una escuela influye en lo que parece evidente.
Su conclusión debe leerse, sin embargo, como una disciplina de cautela y no como una licencia para ignorar a los expertos. Que el acuerdo filosófico no garantice la verdad no vuelve equivalentes la opinión informada y la ocurrencia improvisada. La experiencia filosófica conserva valor para identificar distinciones, antecedentes, objeciones y consecuencias. Lo que pierde es la autoridad automática del recuento.
Quizá el progreso filosófico se reconozca menos por el momento en que todos contestan igual que por aquel en que **ya nadie puede responder de la misma manera ingenua que antes**. Una discusión progresa cuando transforma las preguntas, eleva el coste intelectual de las simplificaciones y nos obliga a comprender por qué una persona razonable podría disentir. No es la renuncia a la verdad, sino una forma más exigente y menos triunfal de buscarla.
## Para seguir leyendo
- [Artículo completo en Cambridge Core](https://www.cambridge.org/core/journals/episteme/article/philosophical-agreement-and-philosophical-progress/E10A9C5EB0469155B57659A0C4B8E4E3)
- [Registro DOI del artículo](https://doi.org/10.1017/epi.2023.61)
- [Encuesta PhilPapers 2020](https://survey2020.philpeople.org/), cuyos resultados sobre acuerdos y desacuerdos filosóficos sirven de referencia contextual en el paper.