Introducción: China como problema político, no solo geopolítico
Stephen Kotkin contempla a China desde una perspectiva distinta de la que domina buena parte del análisis geopolítico. No la concibe únicamente como una gran potencia ascendente, dotada de una economía gigantesca, una formidable base industrial y unas Fuerzas Armadas en rápida modernización. Tampoco reduce su comportamiento a una competencia racional por mercados, recursos y áreas de influencia. Para comprender a China, sostiene, es necesario comenzar por la naturaleza de su régimen, por la historia del comunismo y por la particular concepción del poder que dirige al Partido Comunista Chino (PCCh).
Este enfoque tiene una consecuencia importante. La rivalidad entre China y Estados Unidos no sería solo una disputa entre dos Estados que aspiran a ocupar una posición predominante en el sistema internacional. Enfrentaría también dos formas diferentes de organizar el poder, generar legitimidad, relacionar política y economía y responder a la pluralidad social. Sin embargo, no conviene convertir esta diferencia en una oposición simplista entre democracia y dictadura. China ha demostrado una extraordinaria capacidad para combinar elementos aparentemente incompatibles: planificación y mercado, nacionalismo y marxismo, apertura económica y clausura política, innovación tecnológica y vigilancia social.
La tesis central que puede extraerse de Kotkin es que el régimen chino ha alcanzado su poder gracias a una combinación de apertura y control cuyo equilibrio resulta cada vez más difícil de mantener. El Partido necesita la vitalidad de la sociedad, la empresa privada y el comercio internacional, pero teme que esa vitalidad produzca centros de poder independientes. Necesita mercados, aunque desconfía de las consecuencias políticas del mercado; necesita innovación, pero limita la libertad intelectual cuando amenaza su autoridad; necesita relacionarse con el mundo, aunque esa relación exponga a sus ciudadanos a modelos alternativos de organización política.
China no se enfrenta, por tanto, únicamente a Estados Unidos. Se enfrenta también a una contradicción interna: cómo preservar el dinamismo de una sociedad moderna sin aceptar el pluralismo que normalmente acompaña a ese dinamismo. El interés del análisis de Kotkin reside precisamente ahí, aunque sus conclusiones necesitan ser contrastadas con la capacidad de adaptación que el PCCh ha mostrado durante casi medio siglo.
1. La sombra soviética y el miedo a un Gorbachov chino
La interpretación de Kotkin comienza con una presencia fantasmal: la desaparición de la Unión Soviética. Xi Jinping ha concedido una enorme importancia al estudio de aquel colapso. Para la dirección china no se trata de un episodio remoto, sino de una advertencia acerca de lo que puede suceder cuando un partido comunista pierde disciplina interna, relativiza su ideología y deja de controlar las instituciones decisivas del Estado.
Desde esta perspectiva, Mijaíl Gorbachov no representa al reformador valeroso que intentó humanizar un sistema agotado, sino al dirigente que permitió que una reforma limitada desencadenara un proceso imposible de contener. La glásnost hizo visibles falsificaciones históricas, fracasos económicos y privilegios de la élite. La perestroika debilitó los mecanismos tradicionales de dirección sin crear a tiempo instituciones alternativas eficaces. Finalmente, el Partido perdió la voluntad y la capacidad de emplear el poder del que todavía disponía.
La lección extraída por Xi es que el PCCh no puede aceptar que su autoridad se convierta en una opción política entre otras. Su monopolio debe permanecer fuera de discusión porque una liberalización parcial podría transformar una crisis de gobierno en una crisis de régimen. Kotkin resume esta lógica como una estructura de “todo o nada”: si se permite una competencia real por el poder, no existiría un punto intermedio estable entre el monopolio comunista y su desaparición.
El razonamiento contiene un componente ideológico, pero también otro profundamente conservador, casi hobbesiano. El Partido se presenta como el dique que impide el retorno del desorden: guerra civil, fragmentación territorial, intervención extranjera o caos económico. La unidad política deja de ser solo un instrumento para alcanzar el comunismo y se convierte en el bien fundamental del que dependerían la prosperidad, la seguridad y la integridad nacional.
Esta narrativa cumple una evidente función legitimadora. Si la única alternativa al gobierno comunista es la desintegración, cualquier oposición puede ser presentada como una amenaza existencial. Las demandas de libertad dejan de aparecer como aspiraciones legítimas y se reinterpretan como síntomas de infiltración extranjera, decadencia ideológica o descomposición nacional.
No obstante, la lección que Xi extrae del derrumbe soviético no es la única posible. También cabe pensar que la URSS se hundió porque acumuló durante décadas problemas que el cierre político impedía reconocer y corregir. El control protege al régimen frente a sus adversarios, pero puede privarlo de información fiable. Cuando decir la verdad perjudica una carrera, los funcionarios aprenden a transmitir aquello que sus superiores desean escuchar. La obsesión por no repetir el final soviético podría conducir paradójicamente a reproducir algunas de sus condiciones: concentración del poder, burocratización y dificultad para rectificar.
2. ¿Ideólogos convencidos o nacionalistas pragmáticos?
Uno de los aspectos más provocadores del análisis de Kotkin es su rechazo de la idea de que la ideología comunista china sea una simple escenografía. Muchos observadores occidentales consideraron que, después de las reformas de Deng Xiaoping, el marxismo había quedado reducido a un lenguaje ceremonial. China parecía haberse convertido en una economía capitalista gobernada por una organización que conservaba el nombre de comunista por conveniencia histórica.
Kotkin advierte que esta conclusión puede ser engañosa. Xi Jinping y una parte importante de la dirección del PCCh no utilizarían el marxismo únicamente como un instrumento cínico. Creen que contiene una descripción válida de las contradicciones del capitalismo, de la relación entre poder político y poder económico y del posible declive histórico de Occidente. Los documentos oficiales del Partido respaldan parcialmente esta interpretación: la resolución histórica de 2021 reafirma los ideales comunistas, el socialismo con características chinas y la dirección centralizada del PCCh como fundamentos del orden político.
Sin embargo, reconocer que la ideología es tomada en serio no significa aceptar que explique por sí sola la conducta del régimen. El pensamiento de Xi combina al menos cuatro elementos: marxismo-leninismo, nacionalismo chino, memoria del llamado “siglo de humillación” y una concepción estatal del desarrollo. En ocasiones, la restauración nacional parece ofrecer una fuente emocional de adhesión más poderosa que la promesa de una futura sociedad sin clases.
La legitimidad del Partido ya no descansa principalmente en la eliminación de las diferencias sociales. Se basa en haber reunificado el país, restaurado su fortaleza, elevado el nivel de vida y devuelto a China una posición central en el mundo. El comunismo proporciona el lenguaje de la organización y justifica la supremacía del Partido; el nacionalismo amplía su capacidad de movilización.
La pregunta decisiva no es, por tanto, si los dirigentes chinos creen o no en Marx, como si la respuesta solo pudiera ser afirmativa o negativa. La cuestión es qué significa creer en el marxismo dentro de un sistema caracterizado por grandes desigualdades, acumulación privada de capital, competencia empresarial e integración en los mercados mundiales. El marxismo chino contemporáneo es una ideología adaptada para justificar un Estado que utiliza el mercado sin aceptar la autonomía política de propietarios, trabajadores o sociedad civil.
3. El mercado como fuente de prosperidad y amenaza política
El gran éxito de la China posterior a Mao consistió en liberar parcialmente unas energías sociales que la planificación había mantenido reprimidas. Las reformas permitieron iniciativa privada, inversión extranjera, exportación, competencia y experimentación local. El Partido no desapareció, pero dejó de intentar administrar directamente cada aspecto de la vida económica.
Esta apertura produjo uno de los procesos de crecimiento y reducción de la pobreza más importantes de la historia. También generó empresarios, profesionales, inversores y centros de innovación capaces de acumular recursos e influencia. Aquí aparece la contradicción señalada por Kotkin: desde la perspectiva de un partido que reclama un monopolio político absoluto, esas capacidades pueden convertirse en formas alternativas de poder.
El PCCh trata de resolver el problema subordinando el capital privado sin eliminarlo. No necesita nacionalizar todas las compañías; le basta con impedir que la autonomía económica se transforme en independencia política. La presencia de organizaciones del Partido dentro de las empresas, la regulación de sectores estratégicos y la disciplina impuesta a empresarios demasiado influyentes expresan esta lógica.
Sería impreciso, sin embargo, describir la política china como una ofensiva uniforme contra toda empresa privada. Pekín continúa declarando que el sector privado es fundamental para el empleo, el crecimiento y la innovación. Lo protege y lo limita a la vez. La condición es siempre política: la empresa puede prosperar, pero debe integrarse en los objetivos del socialismo chino y de la revitalización nacional. El modelo no pretende regresar mecánicamente a la economía de Mao, sino crear una economía innovadora en la que ningún actor sea suficientemente autónomo como para desafiar al Partido.
Kotkin considera que el aumento del control puede debilitar el dinamismo económico. Cuando las decisiones empresariales dependen demasiado de prioridades políticas, disminuye la experimentación y aumenta el riesgo de asignación ineficiente de recursos. Los estudios del Banco Mundial sobre productividad china muestran, en efecto, una ventaja frecuente del sector privado y una desaceleración de la convergencia productiva de las empresas estatales.
Pero la objeción es importante: la intervención estatal no produce necesariamente estancamiento. China ha demostrado capacidad para impulsar infraestructuras, energías renovables, vehículos eléctricos, telecomunicaciones e industrias estratégicas. La dirección política puede movilizar recursos a una escala difícil de igualar por economías más fragmentadas. El problema no consiste en afirmar que todo Estado sea ineficiente, sino en determinar cuándo la coordinación pública favorece la innovación y cuándo la disciplina política destruye la información, la competencia y la iniciativa de las que esa innovación depende.
4. Taiwán: obtener la unificación sin pagar el precio de la guerra
Taiwán concentra muchas dimensiones del problema chino: memoria histórica, nacionalismo, legitimidad del Partido, competencia con Estados Unidos y límites del poder militar. Kotkin sostiene que Pekín desearía conseguir la unificación sin pagar el coste de una guerra. “Obtener Taiwán gratis” no significa recibirlo sin esfuerzo, sino conseguir que la presión económica, diplomática, militar y psicológica haga innecesaria una invasión.
Esta preferencia es racional. Una operación anfibia sería extraordinariamente costosa e incierta. Podría provocar una intervención estadounidense, sanciones internacionales, interrupciones comerciales y una crisis económica global. Incluso una victoria militar dejaría a China ante la tarea de gobernar una población hostil y reconstruir una isla dañada.
La coerción gradual permite modificar el entorno sin atravesar claramente el umbral de la guerra. Maniobras militares, presión diplomática, aislamiento internacional, campañas de desinformación y medidas económicas pueden desgastar la confianza taiwanesa y acostumbrar al mundo a una presencia china cada vez más intensa. La modernización militar cumple simultáneamente funciones de preparación, intimidación y disuasión.
Debe matizarse, no obstante, la afirmación de que China solo recurriría a las armas ante una declaración formal de independencia. Ese escenario constituye una línea roja evidente, pero no es el único imaginable. Pekín podría considerar intolerable una independencia material sin declaración jurídica, una presencia militar extranjera permanente o una modificación duradera del equilibrio estratégico. El libro blanco chino de 2022 afirma que la reunificación pacífica es la opción preferida, pero mantiene expresamente la posibilidad de utilizar la fuerza frente al separatismo y la intervención exterior.
También debe considerarse la voluntad de los habitantes de Taiwán. Cuando el conflicto se describe únicamente como una partida entre China y Estados Unidos, los taiwaneses corren el riesgo de convertirse en objetos de la historia en lugar de sujetos políticos. La cuestión no es solo qué desea Pekín o qué está dispuesto a defender Washington, sino qué futuro consideran legítimo quienes viven en la isla.
5. Hong Kong, libertad y legitimidad
La evolución de Hong Kong ocupa un lugar importante en la crítica de Kotkin. Durante décadas, la ciudad ofreció a China algo que su sistema continental no podía proporcionar del mismo modo: un espacio financiero gobernado por reglas previsibles, tribunales relativamente independientes y una circulación internacional de capital e información.
La progresiva subordinación política de Hong Kong muestra, según Kotkin, que el Partido prefiere reducir el valor singular de un territorio antes que tolerar en él una autonomía capaz de convertirse en ejemplo alternativo. Desde esta interpretación, el régimen no restringió Hong Kong porque ignorase su utilidad económica, sino porque consideró que el riesgo político había llegado a ser superior a esa utilidad.
El episodio afecta además a la credibilidad de la fórmula “un país, dos sistemas” ofrecida a Taiwán. Una promesa de autonomía institucional depende de la conducta previa de quien la realiza. La experiencia de Hong Kong ha fortalecido entre muchos taiwaneses la sospecha de que cualquier autonomía concedida por Pekín estaría subordinada, en último término, a las necesidades del Partido.
El Gobierno chino interpreta los acontecimientos de manera opuesta. Sostiene que las medidas adoptadas restauraron el orden, protegieron la seguridad nacional y corrigieron una situación explotada por fuerzas separatistas y extranjeras. La disputa afecta, por tanto, al propio significado de conceptos como libertad, seguridad y Estado de derecho. Lo que para los críticos constituye la eliminación de la autonomía, para el Partido representa el ejercicio legítimo de una soberanía nunca abandonada.
Kotkin caracteriza el régimen como ilegítimo, dedicado a la “no libertad” y temeroso de su propia población. La afirmación expresa un criterio liberal de legitimidad: ningún desempeño económico autoriza a excluir permanentemente a los ciudadanos de las decisiones colectivas ni a impedir su organización autónoma. Pero conviene reconocer que se trata de un juicio normativo, no de un hecho empírico indiscutible. El PCCh reclama legitimidad por la estabilidad, la prosperidad, la soberanía y la mejora material de la población.
La pregunta filosófica es si la legitimidad puede descansar únicamente en los resultados. Un gobierno podría elevar el nivel de vida de millones de personas y seguir careciendo de autorización para monopolizar indefinidamente el poder. La prosperidad puede producir consentimiento, pero consentimiento, resignación y legitimidad no son conceptos equivalentes. Del mismo modo, la estabilidad es un bien político; se vuelve problemática cuando sirve para declarar ilegítima cualquier discrepancia.
6. Civilización china y régimen comunista
Kotkin insiste acertadamente en distinguir China del Partido Comunista Chino. Admirar la historia, el pensamiento y los logros de la civilización china no obliga a aprobar al régimen que actualmente la gobierna. Confundir ambas realidades favorece tanto a los nacionalismos occidentales hostiles a China como a la propaganda del PCCh.
Los primeros pueden transformar una disputa política en una oposición cultural o étnica. El segundo puede presentar cualquier crítica al Partido como un ataque contra China y contra el pueblo chino. En ambos casos desaparece la distinción entre una sociedad plural y la organización que monopoliza su representación.
Pero la separación tampoco debe exagerarse. El PCCh no es una fuerza completamente ajena impuesta desde fuera. Forma parte de la historia contemporánea china y ha construido su legitimidad utilizando ideas arraigadas sobre unidad, orden, continuidad estatal y restauración nacional. Al mismo tiempo, esas tradiciones permiten interpretaciones incompatibles con el autoritarismo. Ni el confucianismo conduce necesariamente al partido único ni la cultura china es incapaz de sostener instituciones democráticas, como muestra la propia experiencia de Taiwán.
Hablar de una civilización admirable frente a un régimen ilegítimo es una distinción moralmente útil, pero históricamente insuficiente. El Partido se ha apropiado de símbolos y memorias nacionales, aunque no posee el monopolio sobre su interpretación. China es más antigua, extensa y plural que el PCCh; pero el PCCh también ha transformado profundamente lo que China es hoy.
7. Las ventajas estadounidenses y sus condiciones
Kotkin identifica dos ventajas estructurales estadounidenses: su red de alianzas y su capacidad para atraer inmigrantes. Estados Unidos no actúa únicamente mediante sus propios recursos. Cuenta con socios en Europa y Asia que amplían su capacidad militar, económica, científica y diplomática. China mantiene relaciones estratégicas importantes, pero carece de una red equivalente de alianzas basadas en compromisos prolongados, interoperabilidad y estructuras institucionales compartidas.
La segunda ventaja es la inmigración. La observación atribuida a Lee Kuan Yew puede expresarse con sencillez: China selecciona talento principalmente dentro de su propia población, mientras que Estados Unidos puede atraerlo desde todo el planeta. Buena parte de la ciencia, la tecnología y el emprendimiento estadounidenses se ha nutrido históricamente de personas nacidas en otros países.
Ninguna de estas ventajas funciona automáticamente. Las alianzas requieren confianza, reciprocidad y previsibilidad. Si Estados Unidos trata a sus socios como dependientes prescindibles o convierte cada cooperación en una transacción inmediata, debilita el activo que Kotkin considera más importante. Del mismo modo, la inmigración solo constituye un “superpoder” mientras el país conserve la capacidad cultural e institucional de recibir, integrar y ofrecer oportunidades a quienes llegan.
Por eso la advertencia de Kotkin no conduce a la complacencia. China se convertiría en un rival todavía más formidable si Estados Unidos continuara una trayectoria autodestructiva. Las ventajas de una sociedad abierta pueden desaparecer si esa sociedad degrada sus universidades, politiza el conocimiento, erosiona el Estado de derecho o transforma la inmigración en una amenaza identitaria.
La competencia entre ambos países no se decidirá exclusivamente mediante portaaviones, semiconductores o cifras de crecimiento. Dependerá de cuál de los dos sistemas consiga corregir mejor sus errores. Las democracias son ruidosas, conflictivas y lentas, pero permiten que la oposición, la prensa y la alternancia revelen fracasos que el poder preferiría ocultar. Los regímenes autoritarios pueden adoptar decisiones con rapidez y mantener objetivos prolongados, aunque corren el riesgo de que la concentración del poder convierta los errores del dirigente en errores de todo el sistema.
Cuadro comparativo: fortalezas y vulnerabilidades
Dimensión | Estados Unidos | China
Alianzas | Red global e instituciones compartidas; vulnerable a la pérdida de confianza. | Menor red de aliados formales; compensa mediante comercio, financiación y asociaciones estratégicas.
Talento | Capacidad histórica para atraer inmigración cualificada; depende de conservar apertura e integración. | Enorme base educativa y demográfica, pero menor capacidad de absorber talento extranjero de forma estable.
Economía | Mercados profundos e innovación descentralizada; polarización y desigualdad pueden erosionar cohesión. | Escala industrial, coordinación estatal e infraestructuras; control político puede reducir productividad e iniciativa.
Decisión política | Contrapesos y autocorrección; lentitud, bloqueo y ciclos electorales. | Rapidez y continuidad estratégica; riesgo de información filtrada y errores centralizados.
Legitimidad | Elecciones y libertades públicas; depende de la eficacia real y del respeto institucional. | Desempeño, orden y nacionalismo; vulnerable si se debilitan crecimiento, confianza o unidad interna.
8. La fuerza y la fragilidad del control
El análisis de Kotkin ilumina una paradoja decisiva: algunas características que producen la fortaleza inmediata del régimen pueden constituir sus debilidades futuras. La centralización facilita la movilización de recursos, pero reduce la crítica. La disciplina partidista garantiza unidad, pero puede ocultar desacuerdos necesarios. La subordinación de las empresas evita rivales políticos, pero puede limitar el dinamismo económico. El nacionalismo fortalece la cohesión, pero dificulta los compromisos diplomáticos. La vigilancia reduce la protesta visible, aunque no elimina necesariamente sus causas.
Esto no significa que China esté condenada al colapso. Pronosticar la caída inminente del régimen sería confundir preferencias morales con previsiones históricas. El PCCh ha demostrado una enorme capacidad de adaptación, aprendizaje y supervivencia. Ha conseguido algo que la Unión Soviética nunca logró: integrar extensamente su economía en el capitalismo mundial sin abandonar el monopolio político.
Tampoco puede suponerse que la liberalización económica produzca inevitablemente democracia. La historia china ha refutado, al menos hasta ahora, esa expectativa. La riqueza puede generar demandas de autonomía, pero también aumenta los recursos disponibles para la vigilancia, la cooptación y la legitimación del Estado.
La cuestión abierta es cuánto tiempo puede mantenerse el equilibrio. El Partido necesita una sociedad competente, innovadora y conectada, pero no plenamente autónoma; empresarios ambiciosos, pero políticamente obedientes; investigadores creativos, pero ideológicamente prudentes; ciudadanos educados, pero sin capacidad para organizar una oposición independiente. No es imposible que esa combinación perdure, pero contiene tensiones permanentes.
Conclusión: una rivalidad entre capacidades de autocorrección
La aportación principal de Stephen Kotkin consiste en recordar que China no puede comprenderse únicamente mediante las categorías de la economía o de la geopolítica. Es una gran potencia, pero también un régimen comunista que ha estudiado obsesivamente la desaparición de otros regímenes comunistas. Sus dirigentes no actúan solo movidos por intereses materiales; poseen ideas sobre la historia, el poder, el capitalismo, la unidad nacional y el destino de China.
Esta perspectiva debe emplearse sin convertirla en determinismo ideológico. El PCCh es marxista-leninista, nacionalista, tecnocrático y pragmático en proporciones variables. Defiende la empresa privada y al mismo tiempo la somete al Partido. Proclama la reunificación pacífica con Taiwán y simultáneamente se reserva el empleo de la fuerza. Reivindica una civilización milenaria mientras presenta a una organización fundada en 1921 como su representante necesario.
La mayor amenaza para el sistema chino quizá no sea una revolución promovida desde el exterior, sino la dificultad de obtener información verdadera dentro de una estructura cada vez más centralizada. Y la mayor amenaza para Estados Unidos quizá no sea el poder chino considerado aisladamente, sino la destrucción voluntaria de las ventajas que todavía posee: sus alianzas, su pluralismo, su capacidad científica, el Estado de derecho y la atracción que ejerce sobre personas de todo el mundo.
La rivalidad será, en último término, una competencia entre capacidades de autocorrección. China debe demostrar que puede conservar el dinamismo sin permitir que el control asfixie a la sociedad. Estados Unidos debe demostrar que una democracia dividida sigue siendo capaz de gobernarse, integrar a los recién llegados y mantener compromisos duraderos. La historia no ha decidido de antemano cuál de los dos sistemas resolverá mejor sus contradicciones. Esa incertidumbre hace insuficientes tanto la admiración ingenua por el crecimiento chino como la confianza complaciente en una superioridad automática de Occidente.
Fuentes y lecturas recomendadas
Kotkin, Stephen. “5 Questions for Stephen Kotkin”. Hoover Institution, 2022. https://www.hoover.org/research/5-questions-stephen-kotkin-1
Kotkin, Stephen, y Orville Schell. “What Drives Putin and Xi”. Foreign Affairs, 2023. https://www.foreignaffairs.com/podcasts/what-drives-putin-xi-mao-stalin-kotkin-schell
Kotkin, Stephen. “The Weakness of the Strongmen”. Foreign Affairs, 2025. https://www.foreignaffairs.com/china/weakness-strongmen-stephen-kotkin
Partido Comunista Chino. Resolution on the Major Achievements and Historical Experience of the Party over the Past Century, 2021. https://english.www.gov.cn/policies/latestreleases/202111/16/content_WS6193a935c6d0df57f98e50b0.html
Consejo de Estado de la República Popular China. The Taiwan Question and China’s Reunification in the New Era, 2022. https://english.www.gov.cn/archive/whitepaper/202208/10/content_WS62f34f46c6d02e533532f0ac.html
Banco Mundial. China’s Productivity Slowdown and Future Growth Potential. https://openknowledge.worldbank.org/entities/publication/d549da01-a7ef-5f61-a32f-93631c940e30
Economy, Elizabeth C. The Third Revolution: Xi Jinping and the New Chinese State. Oxford University Press, 2018.
Pei, Minxin. The Sentinel State: Surveillance and the Survival of Dictatorship in China. Harvard University Press, 2024.