El trabajo como fuente de propiedad. (1632-1704)
¡Qué suerte he tenido! ¡No me lo puedo creer!
¿Qué ha pasado?
Justo ahora mismo, cuando venía hacia aquí para reunirme con vosotros, he encontrado esta flauta tan estupenda y maravillosa.
¿Otra vez rebuscando?
¡Sí! ¿Qué pasa? Incluso la he probado y suena de maravilla. Mira, ¡Pifffff…!
Bueno, sonar de maravilla es mucho decir. Pero sí que es bonita, ¡tienes razón!
¡Ya te digo!
¡Cómo brilla!
¡Un montón!
¡Y cuántos agujeros!
No me alcanzan los dedos de las manos para taparlos todos.
¡El tacto es espectacular!
En lugar de madera, parece estar hecha de terciopelo.
Nunca había visto una tan grande. ¡Menudo suertudo!
Esto de caminar todo el rato mirando el suelo tiene sus ventajas. Casi todos los días encuentro cosas súper interesantes.
¡Ya! También está la maravillosa ventaja de todos los golpes que terminas dándote. Recuerda, Locke, los accidentes son una constante en tu vida. ¡Ayer mismo te abriste la cabeza con una farola porque venías mirando la suela de tus zapatos! Y no olvidemos que hace solo dos días, un coche casi te embiste en el cruce más peligroso de nuestro pueblo. ¡Menos mal que el conductor tenía buenos reflejos, porque si no…! En serio, si algún día alguien te graba con su móvil y sube el video a internet, ¡serás viral en las redes seguro!
¡Cierto!
Y así podría seguir relatando una interminable lista de sucesos ocurridos a John Locke. Sin lugar a dudas, eres un gran candidato para los premios Darwin de este año. Imagínate, John Locke, apareciendo junto a otros ilustres despistados que lograron hacerse un lugar en la historia de la inutilidad: desde el turista sacando un selfie al borde de un acantilado, hasta el inventor probando su propio paracaídas defectuoso al saltar desde la Torre Eiffel. También podrías compartir escenario con el hombre que estampó su coche contra una pared para demostrar su resistencia. Con el abogado canadiense poniendo a prueba las ventanas de su oficina, supuestamente irrompibles. Sin olvidar el apuesto señor decidido a nadar entre cocodrilos. O aquel iluminado usando dinamita para despejar la nieve de su techo... ¡Toda una galería de héroes de lo absurdo, y tú serías una estrella más!
Un poco de razón no te falta.