**La ética práctica estudia qué es lo bueno, cómo debemos actuar y hasta dónde se extiende nuestra responsabilidad moral, planteando cuestiones sobre la objetividad de los valores, la posibilidad de alcanzar acuerdos y la existencia de principios universales**. Su ámbito se ha ampliado progresivamente desde las relaciones entre seres humanos hasta incluir a los animales, el medio ambiente, las generaciones futuras e incluso artefactos de inteligencia artificial, lo que obliga a preguntarse qué características justifican la consideración moral, como la capacidad de sentir, la inteligencia, la autonomía o la posesión de algún otro tipo de valor.
**Esta evolución muestra que la historia de la ética puede entenderse como una revisión constante de los límites de aquello que consideramos moralmente relevante**, aunque ese progreso no sea lineal y nuestras valoraciones estén condicionadas por el contexto histórico y cultural. Al mismo tiempo, la ética no se limita solamente a determinar quién merece consideración, sino que analiza nuestras acciones, decisiones, responsabilidades e instituciones en ámbitos como la ciencia, la tecnología, la empresa o la vida social. **Y dado que vivimos con personas que mantienen, muchas veces, valores e intereses diferentes, los desacuerdos morales exigen ofrecer razones comprensibles y discutibles por los demás, recurriendo en ocasiones al conocimiento científico como criterio para intentar resolver controversias sin depender exclusivamente de interpretaciones subjetivas.**
**Pero si bien los desacuerdos científicos parecen, al menos en principio, susceptibles de resolverse mediante la observación, la experimentación y la contrastación de hipótesis** —aunque conviene matizar esta afirmación, pues la ciencia puede no acceder a la realidad natural de manera completamente directa ni independiente de los marcos teóricos y metodológicos con los que la estudia—, **la ciencia no dispone por sí sola de los medios necesarios para emitir juicios morales.** Puede describir cómo es el mundo, explicar las causas de determinados fenómenos y prever, con mayor o menor precisión, las consecuencias de nuestras acciones, pero de esos hechos no se sigue automáticamente qué debemos hacer, qué es bueno o malo, o qué resulta justo o injusto. La ética y la política nos sitúan, por tanto, ante un problema distinto. El bien y el mal no se presentan como objetos observables de la naturaleza. Nadie ha podido verlos, medirlos ni aislarlos en un laboratorio. De ahí surge la dificultad de determinar si los juicios morales expresan únicamente nuestras preferencias, emociones y convenciones o si, pese a no referirse a objetos físicos, pueden apoyarse en razones o verdades objetivas susceptibles de ser defendidas mediante la reflexión racional y científica.
**En esta tesitura, Hume sostiene que la moral no nace de la razón, sino de los sentimientos.** Aprobamos o desaprobamos las acciones mediante la simpatía, la empatía y las emociones, aunque la razón pueda ayudarnos a conocer los hechos y las consecuencias. Por eso, los juicios morales expresan sentimientos humanos y no describen propiedades objetivas de las cosas. Adam Smith también otorga un papel central a los sentimientos morales, especialmente a la simpatía y a la capacidad de adoptar la perspectiva de un espectador imparcial, como elementos fundamentales para desarrollar criterios morales relativamente generales acerca de lo justo y lo correcto.
En términos de Hume, un ejemplo de moralidad sería encontrarnos con una persona herida en la calle. La razón puede permitirnos comprender lo que ha ocurrido, determinar la gravedad de sus heridas, calcular qué consecuencias tendría abandonarla o ayudarla e incluso indicarnos cuál sería la manera más eficaz de prestarle auxilio. Pero ninguno de esos conocimientos, por sí solo, nos proporciona el impulso moral para actuar.
Esta tensión entre conocer el sufrimiento y sentirse impulsado a aliviarlo aparece también en el pensamiento altruista de Peter Singer. Si vemos a una persona herida o a alguien que padece una desgracia, podemos comprender racionalmente su situación y reconocer que nuestra ayuda podría mejorarla, pero aun así muchas personas permanecen indiferentes y no actúan. Singer se pregunta precisamente cómo es posible que alguien contemple un sufrimiento evitable y no ayude, especialmente cuando el coste de hacerlo es pequeño en comparación con el beneficio que puede producir.
**Lo que hace que aprobemos la ayuda y desaprobemos la indiferencia es, para Hume, nuestra capacidad de sentir simpatía ante el sufrimiento ajeno.** Nos afecta la situación de esa persona y surge en nosotros un sentimiento favorable hacia quien la auxilia y desfavorable hacia quien permanece indiferente. Si contempláramos exactamente los mismos hechos sin experimentar ningún sentimiento ante ellos, la razón podría describir perfectamente la situación, pero no produciría por sí misma la valoración moral. La diferencia entre decir «esa persona está herida» y decir «deberíamos ayudarla» aparece precisamente cuando intervienen nuestros sentimientos morales.
En cambio para Singer, la distancia, la falta de identificación o la ausencia de una relación personal o emocional, pueden debilitar nuestra simpatía, pero no eliminan nuestra responsabilidad moral. Si podemos evitar un daño grave sin sacrificar algo de importancia moral equivalente, deberíamos hacerlo. Así, Singer parte de la sensibilidad ante el sufrimiento, cercana a la simpatía de Hume, pero la transforma en una exigencia racional de altruismo imparcial, que nos obliga a ayudar no solo a quien tenemos delante, sino también a personas desconocidas que sufren lejos de nosotros.
**Siguiendo la línea de Hume, podríamos preguntarnos si la capacidad de experimentar simpatía, empatía o rechazo ante el sufrimiento depende también de una predisposición biológica.** Quizá algunas personas posean una mayor sensibilidad hacia los demás, mientras que otras tengan dificultades para desarrollar sentimientos morales. Pero, aunque existiera una base biológica de la moralidad o una pastilla parar reactivar nuestra moralidad, esta no bastaría por sí sola para garantizar una conducta correcta, porque los sentimientos pueden ser variables, débiles o estar enfrentados. El mero hecho de existencia de un condicionamiento previo o un componente médico que nos permite un determinado sentimiento, nada nos dice acerca de qué sentimiento o acción es la acertada. Una persona podría sentir afecto por sus familiares y, al mismo tiempo, permanecer indiferente ante el sufrimiento de desconocidos, o incluso otra diferente disfrutar haciendo daño. ¿Qué tipo de acción diremos que es correcta? El ejemplo de alguien a quien le satisface el dolor ajeno, muestra precisamente el límite de una ética basada únicamente en las emociones. Se trata de un caso que nos resulta difícil de aceptar. **Atendiendo a la línea teórica de Hume, no podemos concluir que las acciones o emociones, sean buenas o malas en sí mismas, como si poseyeran una propiedad moral objetiva que pudiera descubrirse mediante la razón.**
**Recordemos que tampoco la ciencia nos ofrece por sí sola una respuesta definitiva, porque, si la moral pertenece a un ámbito que escapa a la naturaleza entendida como conjunto de hechos observables y explicables causalmente, entonces también escapa al método científico.** La ciencia puede mostrarnos qué consecuencias tiene una acción, cómo se produce el sufrimiento, qué condiciones favorecen el bienestar o cómo se comportan los seres humanos, pero no puede deducir directamente de esos datos qué debemos hacer ni por qué una situación es justa o injusta. Conocer que una conducta causa dolor no equivale todavía a demostrar científicamente que no debemos realizarla, pues esa conclusión introduce una valoración normativa que no se encuentra contenida en la mera descripción de los hechos.
**En este caso, si pensamos, en sentido kantiano, considerando que la razón puede ayudarnos a establecer los límites de lo correcto, sin necesidad de recurrir a la naturaleza, basándose en principios que la razón se da a sí misma**, y que debe ser ella misma la que oriente nuestras decisiones morales, la situación sigue siendo controvertida. La razón puede exigirnos actuar conforme a principios universalizables, respetar a las personas como fines últimos, pero no siempre determina una única respuesta indiscutible. En muchos casos pueden existir razones relevantes para defender acciones diferentes. Así, aunque las razones morales no sean simples preferencias subjetivas y puedan justificar racionalmente nuestras decisiones, su pluralidad puede hacer que varias opciones resulten defendibles. **La objetividad moral podría no concluir en la resolución de todo conflicto.**
**Amartya Sen ofrece un conocido ejemplo para mostrar que, ante un mismo problema de justicia, pueden existir distintas razones objetivas que conduzcan a soluciones diferentes.** Imaginemos a tres niños que disputan por una flauta. Ana sostiene que debería recibirla porque es la única que sabe tocarla; Bruno afirma que le corresponde porque es el más pobre y no posee ningún juguete; y Carla reclama la flauta porque la ha fabricado con sus propias manos. Cada uno apela a un criterio de justicia distinto. Ana, a la utilidad; Bruno, a la necesidad o la igualdad; y Carla, al mérito y al derecho sobre el fruto del propio trabajo. Lo importante para Sen es que ninguno de estos argumentos resulta meramente arbitrario o subjetivo. Todos ofrecen razones comprensibles y defendibles públicamente. El ejemplo muestra, por tanto, que la existencia de razones objetivas en el ámbito moral no implica necesariamente que exista una única solución correcta. Distintos principios de justicia pueden estar razonablemente fundamentados y, sin embargo, conducir a decisiones diferentes. La reflexión moral consiste precisamente en examinar, comparar y discutir públicamente esas razones, en lugar de suponer que todo desacuerdo moral se debe simplemente a preferencias subjetivas.
Pero reconocer la existencia de desacuerdos razonables no significa que debamos renunciar a actuar hasta haberlos resuelto por completo. Para Sen, no es necesario alcanzar un consenso absoluto sobre todos los principios de justicia para poder identificar y combatir determinadas injusticias. La cuestión es, entonces, cómo tomar decisiones cuando no disponemos de una respuesta definitiva acerca de lo que sería perfectamente justo. Su propuesta consiste en avanzar allí donde existen razones suficientemente compartidas para reconocer que una situación es injusta y que determinadas medidas pueden mejorarla. El hambre en el mundo constituye un ejemplo: aunque podamos discrepar sobre cuál sería la organización más justa de la sociedad, esas diferencias no impiden reconocer la gravedad de la privación alimentaria ni adoptar medidas para combatirla. No necesitamos, por tanto, una teoría completa de la justicia para poder corregir injusticias concretas.
**En definitiva, la reflexión ética nos muestra que ni los sentimientos, ni la razón, ni el conocimiento científico parecen ofrecer, por sí solos, respuestas definitivas a todos nuestros dilemas morales.** Quedan abiertas cuestiones fundamentales: ¿hasta dónde llega nuestra responsabilidad moral? ¿Sobre qué fundamentos podemos justificar nuestras decisiones cuando existen razones diferentes, e incluso contrapuestas, acerca de lo que debemos hacer? Estas preguntas nos conducen a seguir examinando los fundamentos, los límites y el alcance de nuestra moralidad. Continuará…