## Avshalom Elitzur — La conciencia no puede ser ignorada


**Una de las situaciones más estimulantes y, al mismo tiempo, más frustrantes de la actividad filosófica, consiste en enfrentarse a un problema para el que abundan las preguntas, pero escasean las respuestas.** La situación es paralizante, al menos desde el punto de vista personal de quien está viviendo esta incertidumbre. Supongo que esta sensación tambien ocurre en otros momentos y ámbitos, a lo largo de nuestra vida. Hay cuestiones en las que cada intento de explicación parece abrir nuevas lagunas, incluso todas las lagunas que tenemos al alcance de la mano ya están descubiertas... cuanto más sabemos más nos damos cuenta de lo que descocemos.. la explicación que buscamos, nunca llega.


**Esta profunda frustración intelectual ha acompañado al físico y filósofo Avshalom C. Elitzur** a lo largo de su trayectoria, impulsándolo a enfrentarse a una de las preguntas más desconcertantes sobre la naturaleza de la mente. **Si toda nuestra conducta puede explicarse por completo mediante los procesos físicos del cerebro, ¿qué sentido tiene, entonces, la existencia de la experiencia consciente?**


Podemos imaginar que la neurociencia llegará algún día a describir con enorme precisión lo que sucede en nuestro cerebro: qué neuronas se activan, qué neurotransmisores intervienen y cómo se transmite cada señal. Pero aun disponiendo de toda esa información quedaría una pregunta todavía en el aire: ¿Por qué esos procesos físicos van acompañados de una experiencia subjetiva?


Cuando vemos el color rojo no solo ocurre algo en nuestro cerebro. **Experimentamos el rojo. Cuando sentimos dolor, no solo se activan determinadas neuronas: **hay algo que se siente como dolor. Estas experiencias subjetivas —los *qualia*— constituyen para Elitzur el núcleo del problema de la conciencia.


> **Thomas Nagel, ejemplifica esta situación desde el punto de vista de un muciélago. El murciélago muestra que una explicación completa de la conciencia no puede limitarse a describir los procesos físicos del cerebro.** Aunque conociéramos todos los mecanismos neuronales que permiten a un murciélago orientarse mediante ecolocalización, todavía no sabríamos cómo es experimentar el mundo desde su perspectiva. Podemos imaginar su cerebro y su conducta, pero no acceder a la vivencia subjetiva de ser un murciélago. Por eso, Nagel sostiene que la conciencia posee un carácter esencialmente subjetivo que no queda explicado por una descripción objetiva y física. Saber qué ocurre en el cerebro no equivale a saber qué se siente al vivir esa experiencia. Este es, en términos próximos a David Chalmers, el problema difícil de la conciencia.


**Entre las principales propuestas para abordar el problema de la conciencia se encuentra el materialismo reduccionista de Daniel Dennett**, que sostiene que la experiencia consciente puede explicarse a partir de los procesos físicos, cognitivos y funcionales del cerebro, sin necesidad de recurrir a entidades o propiedades no materiales. Desde esta perspectiva, la conciencia no constituye un fenómeno misterioso e independiente de la actividad cerebral, sino el resultado de múltiples procesos de procesamiento de información que, al interactuar, generan aquello que percibimos como nuestra experiencia subjetiva; **el dualismo naturalista de David Chalmers**, por su parte, sostiene que la experiencia consciente constituye un aspecto fundamental de la realidad que no puede reducirse ni explicarse completamente mediante los procesos físicos del cerebro. Aunque reconoce que la conciencia está estrechamente vinculada a la actividad cerebral, considera que las leyes físicas conocidas son insuficientes para explicar por qué dicha actividad va acompañada de experiencias subjetivas. Por ello, propone la existencia de leyes psicofísicas fundamentales que conectan los procesos físicos con la experiencia consciente, integrando así la conciencia en una concepción más amplia de la naturaleza. **También puede recurrirse a formas de dualismo radical o paralelismo psicofísico, como la armonía preestablecida de Gottfried Wilhelm Leibniz**, según la cual la mente y el cuerpo constituyen ámbitos ontológicamente distintos que no interactúan causalmente entre sí. Desde esta perspectiva, los procesos físicos y las experiencias conscientes transcurren de manera perfectamente coordinada, no porque unos produzcan los otros, sino en virtud de una armonía establecida por Dios desde el origen. Esta concepción evita el problema de explicar cómo pueden interactuar dos realidades de naturaleza diferente, pero plantea la dificultad de justificar por qué existe una correspondencia tan precisa entre la actividad cerebral y la experiencia subjetiva.


En su lugar, Elitzur busca en los desarrollos más avanzados de la física un posible fundamento teórico y experimental para el dualismo interaccionista, según el cual la conciencia no solo constituye una realidad ontológicamente distinta de los procesos cerebrales, sino que también puede ejercer una influencia causal sobre ellos. Sin embargo, esta perspectiva se enfrenta a una dificultad fundamental como es explicar mediante qué mecanismos puede producirse esa interacción entre la experiencia consciente y el mundo físico. Mientras Dennett corre el riesgo de dejar sin explicar la experiencia subjetiva, Chalmers podría convertirla en un aspecto paralelo de la realidad sin eficacia causal propia; por su parte, el paralelismo psicofísico de Leibniz, basado en la armonía preestablecida, niega toda interacción causal directa entre la mente y el cuerpo, reduciendo su aparente relación a una correspondencia perfectamente coordinada, pero sin influencia recíproca. Elitzur, en cambio, afirma que la conciencia debe desempeñar un papel activo y que la interacción debe ser real, aunque reconoce que todavía no existe una explicación comprobable de cómo interactúan la mente y el cerebro. **En resumen, para Elitzur, el materialismo es imposible en principio, y el dualismo, aunque también es problemático desde el punto de vista teórico y físico (rompe leyes conocidas), es la única opción que queda una vez descartado el materialismo — la acepta a regañadientes, sin resolver el "cómo" de la interacción.**


Elitzur no considera satisfactorias las soluciones propuestas por **Daniel Dennett, David Chalmers y Gottfried Wilhelm Leibniz** al problema de la conciencia. Rechaza la estrategia de Dennett porque, al explicar la mente en términos funcionales y físicos, corre el riesgo de reducir o dejar sin explicar la experiencia subjetiva: qué significa realmente sentir dolor, percibir el rojo o tener una perspectiva consciente. Tampoco considera suficiente la propuesta de Chalmers, quien, pese a reconocer la irreductibilidad de la conciencia mediante su dualismo naturalista, no logra esclarecer cómo esta podría ejercer una eficacia causal propia sobre los procesos físicos. Por su parte, **el paralelismo psicofísico de Leibniz, basado en la armonía preestablecida, excluye directamente toda interacción causal entre la mente y el cuerpo**, convirtiendo su aparente relación en una correspondencia predeterminada. Para Elitzur, estas tres posiciones dejan sin resolver la cuestión fundamental: **si la conciencia puede reflexionar sobre sí misma, formular teorías y orientar nuestra conducta, no puede ser un simple acompañamiento pasivo de la actividad cerebral, sino que debe ejercer alguna influencia causal sobre el mundo físico.**


La pregunta para Elitzur, adquiere especial relevancia cuando tratamos de comprender la naturaleza de la conciencia. Sabemos cada vez más acerca del funcionamiento del cerebro. Podemos estudiar la actividad de las neuronas, identificar circuitos relacionados con la percepción, la memoria o la toma de decisiones y observar cómo determinados procesos cerebrales se corresponden con nuestra conducta. Sin embargo, permanece abierta una cuestión especialmente desconcertante: **¿por qué todos esos procesos físicos van acompañados de una experiencia subjetiva? ¿Por qué no nos limitamos simplemente a procesar información y reaccionar ante los estímulos, sino que, además, sentimos, percibimos y experimentamos el mundo desde una perspectiva propia?** Aquí está la situacion paralizante.


Esta situación de impotencia intelectual se presenta con frecuencia y constituye una experiencia que toda persona dedicada seriamente a la reflexión debe estar dispuesta a atravesar. Hay problemas que, durante un tiempo, parecen bloquear por completo nuestra capacidad de comprender, como si el pensamiento quedara suspendido hasta encontrar una perspectiva capaz de ordenar las ideas. Incluso casi con toda seguridad, la respuesta nunca llegue.


De Sócrates se cuenta, por ejemplo, que podía permanecer inmóvil y absorto durante horas, hasta que algo se aclaraba en su mente y recuperaba de nuevo la normalidad. Pero sinceramente, para un intelecto normal, incluidos todos esos que son cerebros profesionales y aunque sean increíblemente audaces, la situacion puede durar para siempre.


Lo interesante en el caso de de Elitzu, es la tensión entre, por un lado, las verdades de la teoría física de la que es uno de sus mejores representantes actuales, que pueden demostrarse y verificarse experimentalmente y, por otro, la hipótesis filosófica que de forma recurrente, aparece en sus investigaciones de la mente y que propone un dualismo interaccionista entre la conciencia y el mundo físico. Elitzur sostiene que la experiencia consciente no puede reducirse a los procesos físicos y cerebrales y que, además, debe ejercer alguna influencia causal sobre ellos; sin embargo, no puede demostrar cómo interactúan esas realidades ni identificar un mecanismo que confirme esa intervención que para él es innegable. Por eso su posición permanece en un terreno problemático. Parte de una dificultad real de la explicación física de la conciencia, y desemboca en una hipótesis metafísica que excede aquello que la física puede corroborar.


Muchos autores que se enfrentan a este problema o cuestión equivalente, terminan resolviéndolo en contra de las dificultades teóricas que se les presentan y cediendo a algunos de sus presupuestos metafísicos más asentados, como el fisicalismo o la negación de la conciencia. Elitzur, sin embargo, sigue el camino contrario. En lugar de renunciar a esas ideas incómodas y eliminar la experiencia consciente o reducirla por completo a procesos cerebrales, acepta que la conciencia constituye un problema real para una concepción estrictamente física de la realidad. Su propuesta no pretende ofrecer una solución definitiva, sino mostrar que quizá sea necesario revisar el principio según el cual todo acontecimiento físico puede explicarse exclusivamente mediante causas físicas. Recordemos una vez más, que lo interesante es que Elitzur llega a esta posición a pesar de reconocer el enorme problema que plantea para un físico. Si la conciencia puede modificar acontecimientos físicos, entonces parece ponerse en cuestión el principio de cierre causal de la física: la idea de que todo acontecimiento físico tiene una explicación física suficiente. Elitzur acepta explícitamente esta dificultad. De ahí que se describa como un *reluctant dualist*, un «dualista a su pesar».


**Una intuición semejante aparece ya en el *Fedón* de Platón, cuando Sócrates distingue entre las condiciones físicas de una acción y las razones que la explican**. Según Sócrates, no está en la cárcel simplemente debido a una sucesión de hechos físicos, porque sus huesos y músculos hayan sido desplazados hasta allí por causas mecánicas. Más bien su situación se puede explicar desde otro punto de vista, simplemente ha decidido permanecer en la cárcel y ha aceptado las leyes que lo condenan debido a las opiniones manifestadas. **Las causas físicas describen cómo se ejecuta una acción, pero no agotan su explicación, pues también intervienen las razones, las decisiones y los fines del agente.** En este sentido, el ejemplo platónico anticipa la preocupación de Elitzur. **Si nuestras razones y decisiones influyen realmente en lo que hacemos, la conciencia no puede ser tratada como un mero espectador sin eficacia causal.**


En resumen, **Elitzur, acepta el dualismo interaccionista como conclusión forzada por un argumento lógico**. Dice explícitamente que **el problema del mecanismo (cómo ocurre la interacción sin violar la física) queda sin resolver**; su aportación es mostrar que, aun sin mecanismo, **la interacción parece lógicamente necesaria**. Ningún concepto físico, presente o futuro —incluida la mecánica cuántica— puede en principio dar cuenta de los *qualia*, porque cualquier propiedad física nueva (la llama irónicamente "loveliness" o "alpha-mindo-encefalina" en su artículo) seguiría siendo cuantificable y comunicable, mientras que **el qualia es por definición lo que no se puede comunicar ni medir**. Así que **añadir indeterminismo cuántico no cierra la brecha entre percepto y qualia; solo añade azar a un proceso físico, pero el azar tampoco es un quale.**


> Ahora bien, **quizá una posible vía de solución al problema de la conciencia consista en reconsiderar nuestra exigencia de que toda explicación satisfactoria deba formularse exclusivamente en términos físicos**. En numerosos ámbitos del conocimiento, un mismo fenómeno puede explicarse desde perspectivas diferentes que, lejos de excluirse, se complementan. La física, la biología o la psicología no necesariamente ofrecen explicaciones rivales de la realidad, sino que pueden describir distintos niveles de organización de un mismo fenómeno, cada uno con sus propios conceptos y principios explicativos. De hecho, **una descripción físicamente exhaustiva no tiene por qué constituir una explicación completa en todos los sentidos relevantes**. Consideremos, por ejemplo, un corazón que deja de latir. Desde el punto de vista físico, podríamos describir con enorme precisión cómo se altera el funcionamiento de los canales iónicos de las membranas celulares, cómo se interrumpe la propagación coordinada de los impulsos eléctricos y cómo cesa la contracción de las fibras musculares. En principio, sería posible ofrecer una descripción completa de todos los procesos físicos implicados, sin omitir una sola partícula ni una sola interacción. Sin embargo, esa descripción, por sí sola, no expresaría necesariamente que **el corazón ha dejado de cumplir su función de bombear sangre**, que se ha producido un fallo orgánico o que la supervivencia del organismo está comprometida. No porque estos hechos contradigan la descripción física, sino porque pertenecen a un nivel explicativo diferente, en el que conceptos como función, regulación, supervivencia o fallo orgánico adquieren un significado que no resulta evidente en el lenguaje de las partículas y las fuerzas. Esto no significa que los hechos biológicos existan al margen de los procesos físicos, ni que requieran fuerzas adicionales para producirse. Significa, más bien, que **una explicación puede ser completa en su propio nivel y, sin embargo, resultar insuficiente para responder a preguntas formuladas desde otro**. Saber exactamente cómo se comportan las moléculas de un corazón no equivale necesariamente a comprender por qué ese órgano ha dejado de cumplir su función dentro de un organismo vivo.


> **¿No podría aplicarse un razonamiento semejante al problema de la conciencia?** Quizá lo mental constituya un nivel de organización y explicación que, no pueda sustituirse sin pérdida por una descripción exclusivamente neuronal. Conceptos como intención, deliberación, deseo o experiencia subjetiva permitirían comprender aspectos de nuestra conducta que una descripción puramente física, por detallada que fuese, no haría necesariamente inteligibles en esos mismos términos. Si esta posibilidad fuera correcta, **la conciencia no tendría por qué entenderse como un mero espectador pasivo de la actividad cerebral, como teme Elitzur, ni sería necesario atribuirle una capacidad extraordinaria para alterar las leyes físicas**. Cabría explorar la posibilidad de que su eficacia causal se manifestara en el propio funcionamiento de los sistemas cerebrales. Así como atribuimos al corazón la función de bombear sangre sin suponer que esta requiera una fuerza distinta de las interacciones físicas que la hacen posible, quizá también podamos atribuir a los estados mentales un papel causal en la conducta sin necesidad de postular una vulneración de las leyes físicas que rigen los procesos cerebrales. De este modo, la conciencia podría conservar su relevancia sin necesidad de introducir excepciones a las leyes de la naturaleza, y el problema dejaría de plantearse exclusivamente como una elección entre reducirla a la física o situarla fuera de ella.