La pregunta que debemos hacernos ahora es cuáles podrían ser, en la vida real, los modelos de sociedad existentes, más próximos al ideal de Cohen. No se trata de buscar un país que encarne perfectamente su filosofía, porque probablemente no exista ninguno. Se trata más bien de identificar qué elementos de distintos sistemas políticos y económicos podrían aproximarse a su concepción de **la igualdad, la comunidad y la responsabilidad personal**.


Pero haciendo un pequeño paréntesis, el modelo de Cohen puede compararse con otras formulaciones teóricas como la **República de Platón**. Platón organiza la ciudad en tres grupos: gobernantes, guardianes y productores. Cada grupo debe cumplir su función para mantener la armonía social. Los guardianes, encargados de defender y gobernar la ciudad, **no poseen riqueza privada ni familia propia**, porque Platón teme que los intereses particulares corrompan su servicio al bien común. Ahora bien tambien existe cierta libertad económica, como en el modelo de Rawls. Los artesanos y mercaderes tienen la posiilidad del incentivo económico, al menos relativamente (me suena que platón en las leyes plantea un limite salarial).


Platón no establece en *La República* una limitación salarial general para los artesanos y mercaderes: estos pertenecen al grupo de los productores y pueden poseer bienes y desarrollar actividades económicas, aunque su riqueza queda subordinada al orden de la ciudad. La prohibición más estricta afecta a los guardianes, que no deben tener propiedad privada ni intereses familiares propios para evitar la corrupción. En cambio, en *Las Leyes* Platón sí propone regular la riqueza y limitar la distancia económica entre los ciudadanos, estableciendo restricciones a la acumulación patrimonial; por tanto, puede hablarse de una limitación de la desigualdad económica, pero **no exactamente de un salario máximo específico para los artesanos**.


La organización social de Platón no es solo una teoría de la justicia entendida como un conjunto de normas institucionales, sino también **un orden moral destinado a formar el carácter y orientar los deseos de los ciudadanos hacia el bien común**. En *La República*, la justicia consiste en que gobernantes, guardianes y productores cumplan adecuadamente su función dentro de una estructura jerárquica, mientras que la educación, la disciplina y la subordinación de los intereses privados garantizan la armonía de la ciudad. Por tanto, Platón combina una teoría política de la organización social con un proyecto ético: no pretende únicamente distribuir funciones, sino moldear moralmente a los ciudadanos para que amen la justicia y acepten el lugar que les corresponde.


Las instituciones de Rawls y la organización social de Platón coinciden en que una sociedad justa no puede depender únicamente del interés individual, sino que debe estructurarse mediante normas, funciones y principios orientados al bien común. Ambos consideran necesaria una organización social ordenada, en la que cada persona contribuya al funcionamiento colectivo y la educación forme ciudadanos capaces de cumplir adecuadamente sus responsabilidades. Sin embargo, sus modelos son muy diferentes: **Rawls defiende instituciones democráticas** que garanticen libertades básicas, igualdad de oportunidades y una redistribución favorable a los menos aventajados, mientras que **Platón propone una ciudad jerárquica** dividida en gobernantes, guardianes y productores, donde la justicia consiste en que cada grupo cumpla su función bajo la dirección de los filósofos. Por tanto, Rawls busca una justicia basada en la igualdad política y la cooperación entre ciudadanos libres, mientras que Platón la fundamenta en la jerarquía, la especialización y el gobierno de los más sabios. Podríamos decir que la organización social de Rawls es principalmente política, mientras que la de Platón es fundamentalmente ética. Cohen quizás se encuentra entre el deseo de estos dos modelos.


La libertad platónica también es, en buena medida, encubierta. Los ciudadanos parecen elegir voluntariamente el orden social y la función que desempeñan, pero sus deseos han sido previamente moldeados por la educación, la disciplina y la organización política. La ciudad orienta desde la infancia sus preferencias, capacidades y aspiraciones para que cada persona acepte como natural el lugar que le corresponde dentro de la jerarquía social. Incluso aspectos aparentemente privados, como los emparejamientos o la posición matrimonial, pueden quedar indirectamente determinados por ese orden político y, aunque no exista una coacción visible en cada decisión, **la libertad individual está condicionada por una formación previa** que hace que los ciudadanos deseen precisamente aquello que la ciudad ha decidido que deben querer.


**Cohen se sitúa entre Rawls y Platón.** Como Platón, considera que una sociedad justa necesita un modelo de vida buena y un *ethos* ciudadano que oriente los deseos hacia la cooperación, la igualdad y el bien común, y no solo instituciones neutrales; pero, a diferencia de Platón, no quiere imponer ese ideal mediante una jerarquía dirigida por filósofos ni mediante un control estricto de la vida privada. Su propuesta conserva la libertad, la pluralidad y la participación democrática propias de Rawls, aunque exige que los ciudadanos moderen voluntariamente sus ventajas y asuman responsabilidades hacia los demás. Por eso, Cohen combina **instituciones igualitarias con una educación moral democrática**: busca formar ciudadanos comprometidos con la igualdad sin sacrificar la autonomía individual ni la diversidad de proyectos de vida.


Pero volvamos a lo que se supone que era el motivo inicial de este pequeño escrito, aunque cómo no entretenenos en cualquier asunto si se cruza en medio y nos parece interesante. **La actividad filosófica debe ser una actividad ociosa.**


El primer modelo a tener en cuenta serían los **Estados del bienestar nórdicos**. Noruega, Suecia, Dinamarca o Finlandia combinan una economía de mercado con una fiscalidad progresiva, servicios públicos universales, sindicatos fuertes y mecanismos de redistribución relativamente eficaces. En estos países, **la desigualdad de renta disponible es menor que en la mayoría de las economías desarrolladas** y las diferencias sociales no determinan de manera tan radical el acceso a la educación, la sanidad o la seguridad económica.


Desde el punto de vista de Cohen, este modelo tendría una ventaja evidente: demuestra que la igualdad puede promoverse mediante instituciones estables, impuestos y servicios públicos, sin necesidad de abolir completamente el mercado. Sin embargo, también presentaría una limitación. Aunque el Estado redistribuya una parte importante de la riqueza, los ciudadanos siguen pudiendo acumular grandes patrimonios, consumir bienes de lujo y perseguir ventajas económicas privadas. El sistema garantiza una cierta igualdad de oportunidades y de condiciones, pero **no exige necesariamente que las personas adopten un *ethos* igualitario en su vida cotidiana**. Por eso, Cohen probablemente consideraría que los países nórdicos son una aproximación institucional importante, pero incompleta. Representan una sociedad más justa que otras, pero no una sociedad plenamente igualitaria en el sentido moral que él defiende. (Aprovechamos la ocasión para preguntarnos a qué se debe el éxito de los modelos nórdicos. Probablemente la cultura política también importa. Este éxito no puede atribuirse únicamente a la riqueza que atesoran, pues, en esas condiciones, resulta más fácil distribuir recursos. Sin embargo, otros países con recursos naturales equivalentes no han alcanzado el mismo nivel de prosperidad. Por otro lado, diría que en los países nórdicos se ha consolidado durante décadas un compromiso entre partidos socialdemócratas, liberales, conservadores y organizaciones empresariales. La igualdad no pertenece exclusivamente a la izquierda: incluso sectores de centro y de derecha han aceptado una fiscalidad elevada, servicios públicos universales y una negociación colectiva fuerte, siempre que se mantengan la economía de mercado y la propiedad privada. Por ej. en Estados Unidos, la redistribución se interpreta con mayor frecuencia como una intervención del Estado contra la libertad individual o como una transferencia injustificada entre ciudadanos. En España, el debate suele estar más polarizado y las políticas redistributivas han sido más discutidas.)


Un segundo modelo sería el de las **sociedades socialistas de partido único**, como China, Vietnam o Cuba. Estas sociedades se presentan oficialmente como defensoras de la igualdad, la solidaridad y la superación de las divisiones de clase. En principio, podrían parecer más cercanas al ideal de Cohen que las sociedades capitalistas liberales, porque rechazan explícitamente la idea de que la acumulación privada de riqueza deba organizar la vida social. Sin embargo, la experiencia histórica muestra que **la proclamación de la igualdad no garantiza su realización**, incluso podemos estar hablando de sociedades con mayor desigualdad que aquellas que normalmente se denuncian como sociedades capitalistas de la desigualdad. China y Vietnam han experimentado un crecimiento económico muy importante, pero también han generado diferencias considerables entre regiones, clases sociales y grupos profesionales. Cuba, por su parte, ha mantenido durante décadas una retórica igualitaria, aunque **la falta de datos comparables** y la existencia de diferencias materiales informales dificultan valorar hasta qué punto esa igualdad se ha alcanzado realmente (sin olvidar que ser iguales en la pobreza, no debiera servir de argumento para denunciar una economía donde la desigualdad es mayor pero la pobreza se ha reducido enormemente). En los países que se definen explícitamente como socialistas, la existencia de desigualdades importantes plantearía el problema inverso: **proclamar la igualdad como principio político no garantiza que ese principio se traduzca en resultados igualitarios**. Desde Cohen, esto podría interpretarse como una muestra de que ni las declaraciones ideológicas ni las instituciones bastan por sí solas. No basta con que un Estado se defina como socialista o igualitario. La igualdad debe reflejarse tanto en las instituciones como en las condiciones materiales de vida. Además, un sistema político que concentra el poder en el Estado puede producir nuevas jerarquías y privilegios, incluso cuando afirma actuar en nombre de la igualdad.


Un tercer modelo sería el de una **socialdemocracia igualitaria y participativa**. Este modelo combinaría la redistribución de los países nórdicos con una **mayor democratización de la economía**. No se limitaría a cobrar impuestos y financiar servicios públicos, sino que intentaría modificar la organización de las empresas y del trabajo. Podría incluir una mayor **participación de los trabajadores en las decisiones empresariales**, cooperativas, formas de propiedad compartida, límites a las diferencias salariales dentro de una misma organización y una distribución más amplia de los beneficios económicos. En lugar de considerar la empresa como propiedad exclusiva de quienes aportan capital, se entendería como una institución cooperativa en la que participan trabajadores, consumidores y comunidades.


Alemania ofrece un ejemplo (aproximado) especialmente interesante de democratización empresarial (de las decisiones en la empresa **no de la propiedad de la misma**) dentro de una economía capitalista. Su sistema de cogestión permite que los trabajadores participen en determinadas decisiones de las grandes empresas mediante representantes en los consejos de supervisión, mientras que la propiedad privada y el mercado siguen desempeñando un papel central. Aunque este modelo no elimina las desigualdades salariales ni garantiza por sí solo un *ethos* igualitario, se aproxima a un posible ideal de Cohen, al reconocer que la empresa no debe estar gobernada exclusivamente por quienes aportan capital, sino también por quienes trabajan en ella. No se confiaría únicamente en la redistribución posterior. Intentaría **reducir la desigualdad desde el origen**, evitando que unas personas acumulen todo el poder económico mientras otras solo reciben un salario por su trabajo. También permitiría conservar ciertos mecanismos de mercado y de coordinación económica, pero subordinándolos a objetivos de igualdad y cooperación.


Un cuarto modelo sería el de una **economía cooperativa o comunitaria**. Este modelo se inspira directamente en el ejemplo de la acampada que Cohen utiliza en *Why Not Socialism?*. En una cooperativa, los participantes no se relacionan exclusivamente como competidores que intentan obtener la máxima ventaja individual, sino como miembros de una actividad común. Las decisiones se tomarían de manera más democrática, los beneficios se repartirían de forma más igualitaria y **las capacidades individuales se pondrían al servicio del conjunto**. Una persona podría aportar más trabajo físico, otra conocimientos técnicos y otra capacidad de organización, pero esas diferencias no se traducirían automáticamente en una desigualdad extrema de ingresos o de poder. El problema es que **este modelo resulta más fácil de aplicar en grupos pequeños que en sociedades complejas**. Una cooperativa local puede funcionar mediante relaciones de confianza y conocimiento directo, pero una economía nacional necesita coordinar millones de decisiones, distribuir recursos escasos y organizar actividades muy especializadas.


El modelo de la acampada de Cohen puede compararse con los kibutz israelíes, comunidades cooperativas basadas originalmente en la **propiedad común, la igualdad económica, el trabajo compartido y la toma colectiva de decisiones**. Durante décadas funcionaron como experiencias relativamente cercanas al ideal de Cohen, pues sus miembros subordinaban parte de sus intereses privados al bienestar comunitario; sin embargo, con el tiempo muchos kibutz introdujeron salarios diferenciados, propiedad privada y mayor autonomía individual para adaptarse a las exigencias económicas y evitar problemas de productividad, motivación y sostenibilidad. Esto muestra que los modelos comunitarios pueden funcionar especialmente bien en grupos pequeños, con fuertes vínculos y objetivos compartidos, pero resultan más difíciles de mantener cuando crecen, se vuelven más complejos o deben competir en una economía de mercado. 


Un ejemplo histórico cercano al ideal de cooperación comunitaria de Cohen puede encontrarse en las experiencias impulsadas por Robert Owen a comienzos del siglo XIX. Owen defendía la creación de comunidades cooperativas en las que la propiedad, el trabajo y los beneficios se organizaran de manera colectiva, con educación común, igualdad entre sus miembros y una reducción de la competencia individual. En cierto sentido, su propuesta anticipaba algunos rasgos de los kibutz israelíes: la vida cotidiana se estructuraba alrededor del trabajo compartido, la ayuda mutua y la subordinación de los intereses privados a un proyecto común.


Sin embargo, las iniciativas de Owen no llegaron a funcionar de manera estable. El caso más conocido fue New Harmony, fundada en Indiana en 1825, que pretendía convertirse en una comunidad igualitaria y cooperativa. Las dificultades económicas, los conflictos internos, la falta de organización y las diferencias entre sus miembros provocaron su disolución pocos años después. La experiencia mostró así que el ideal de cooperación puede inspirar proyectos comunitarios, pero resulta difícil mantenerlo cuando aumenta la complejidad social y los individuos no comparten de forma duradera las mismas motivaciones, responsabilidades y expectativas.


Cohen no concluiría necesariamente que el ideal comunitario sea imposible, sino que necesita instituciones que lo protejan y una educación y un *ethos* igualitario suficientemente fuerte; los kibutz demostrarían así tanto la viabilidad inicial de la cooperación como **la dificultad de mantenerla sin imponerla autoritariamente**.


Nos permitimos ilustrar en una cifra el nivel  de igualdad aproximada y existente en diferentes países 


- **Noruega, Finlandia o Dinamarca** se encuentran entre las democracias con menor desigualdad de renta disponible. Los últimos datos comparables de la OCDE sitúan el Gini aproximadamente entre **0,26 y 0,28**. Son sociedades muy redistributivas, pero permiten grandes patrimonios, diferencias salariales y consumo de lujo.

- **China**, cuyo orden constitucional se define como socialista y proclama la igualdad de los ciudadanos ante la ley, presenta sin embargo un Gini de alrededor de **0,36** en los últimos datos del Banco Mundial: sensiblemente más desigual que los países nórdicos.

- **Vietnam**, también definido constitucionalmente como socialista y con una referencia explícita a una sociedad equitativa, tenía un Gini aproximado de **0,36 en 2022**.

- **Cuba** se define expresamente en su Constitución como un Estado socialista fundado, entre otros principios, en la igualdad y la equidad. Sin embargo, no existen datos recientes internacionalmente comparables de desigualdad de renta que permitan situarla con la misma precisión que los casos anteriores.

- **Rusia** presenta también una desigualdad elevada en comparación con los países nórdicos. Rosstat sitúa su **coeficiente de Gini** en torno a **0,41 en 2024**. Es un caso especialmente interesante por su trayectoria histórica: después de décadas de economía soviética oficialmente igualitaria, la Rusia contemporánea combina economía de mercado, grandes concentraciones patrimoniales y una distribución de ingresos mucho más desigual.

- **Estados Unidos** se sitúa igualmente entre los países desarrollados con mayor desigualdad de renta. La OCDE registró un Gini de aproximadamente **0,395 en 2022**, frente a una media de la organización de 0,316. A diferencia de los anteriores, Estados Unidos no se presenta como una sociedad igualitaria en sentido económico fuerte: concede un espacio mucho mayor a la responsabilidad individual, los incentivos económicos y la acumulación privada.


La comparación introduce una paradoja interesante: **los países que obtienen algunos de los niveles más altos de igualdad económica no son necesariamente los que se definen ideológicamente como igualitarios**.