Hay, sin embargo, una diferencia que me resulta especialmente interesante al contraponer el pensamiento de Cohen con el de quienes sostienen ideas opuestas, como podría ser el caso de Adam Smith.


Hasta cierto punto se puede llegar a decir que otras alternativas como una versión "capitalista", dispone de un relato relativamente claro sobre cómo debe comportarse el individuo y cómo puede justificar ante los demás la persecución de su propio interés. Quizás este punto se echa en falta en un pensamiento como el de Cohen o el de Rawls. ¿A qué me refiero?


En su formulación más conocida, asociada a Adam Smith, se sostiene que, en una sociedad saludable, no es necesario que cada persona busque directamente el bien común. Por el contrario, al perseguir sus propios fines dentro de un marco de reglas e instituciones, la actividad y el interés individuales pueden contribuir indirectamente a satisfacer las necesidades colectivas, favoreciendo así el bienestar general. En este sentido, me llama la atención que las posiciones capitalistas sean percibidas con frecuencia como defensoras de intereses particulares (sin más), supuestamente ajenos a los intereses sociales, cuando, en esencia, el objetivo que persiguen es el mismo que el de aquellas teorías que se les oponen: alcanzar el bienestar de la sociedad. Por ello, ante una posible crítica al capitalismo, conviene no olvidar este aspecto, que considero fundamental y sobre el que merece la pena detenerse y reflexionar.


Smith ofrece un relato más sencillo sobre la conducta económica. No es necesario que cada individuo actúe movido directamente por el bien común. Si las personas persiguen su propio interés dentro de unas reglas adecuadas, la competencia y el intercambio pueden coordinar sus decisiones y contribuir indirectamente al bienestar general. Esta es, podríamos decir, la norma. En este contexto, el empresario puede buscar beneficios, el trabajador un salario mayor y el consumidor aquello que considera mejor para sí, sin tener que justificar constantemente cuánto está dispuesto a sacrificar por los demás.


Existe, por tanto, una especie de mapa moral de la conducta individual, más o menos sencillo de seguir e implementar, en favor de opciones capitalistas y, en cierta manera, liberales. El empresario puede buscar beneficios, el trabajador un salario mayor y el consumidor aquello que considera mejor para sí. Las reglas parecen claras. No necesitan preguntarse constantemente cuánto deberían sacrificar en favor de los demás para que el sistema pueda justificarse.


Resulta mucho más difícil encontrar un principio equivalente en una concepción igualitaria tan exigente como la de Cohen. Si la igualdad no debe limitarse a las instituciones, sino que también ha de formar parte del ethos personal, surge inmediatamente la pregunta: ¿Cómo debe vivir, concretamente, una persona igualitaria? Y esta pregunta no parece responderla con claridad Cohen. ¿Debe renunciar a una parte determinada de sus ingresos? ¿Hasta qué nivel puede aumentar su patrimonio? ¿Es legítimo adquirir bienes de lujo? ¿Es la television un bien de lujo? ¿Y una tablet o un móvil? ¿Debe aceptar un salario muy superior al de otras personas? ¿Cuánto puede reservar para sus hijos? ¿En qué momento una mejora razonable de la propia vida se convierte en una ventaja incompatible con el ideal igualitario?


En realidad tampoco el capitalismo se encuentra libre de incertidumbre teórica en sus formulaciones. En la práctica, el mercado puede generar monopolios, explotación o daños ambientales que no se corrigen automáticamente. Una mano invisible, que actúa ciegamente y con escasa reflexión, solamente por suerte podría alcanzar un objetivo deseable. Por eso, aunque el capitalismo ofrezca reglas más claras para la conducta individual, esas reglas tampoco garantizan por sí solas una distribución justa ni que el crecimiento beneficie especialmente a quienes están peor o incluso a los que más se benefician. Pero de momento vamos a cerrar los ojos ante estas dificultades y nos vamos a centrar en las que puede experimentar la teoría de Cohen.


El problema no es necesariamente que Cohen carezca de respuestas para todos estos casos. Es que su propuesta parece ofrecer con mucha mayor claridad un criterio para cuestionar determinadas conductas que una regla positiva y sencilla para orientar la vida cotidiana. La pregunta de Cohen —«Si usted es igualitario, ¿cómo puede ser tan rico?»— podría entonces generar una segunda pregunta, quizá todavía más difícil: Si usted es igualitario, ¿cómo debe vivir? ¿Pensaría Cohen que hacen falta leyes que obliguen al ciudadano a redistribuir sus bienes? Como ya hemos señalado, respondería que las leyes son necesarias, pero no suficientes. Cohen no rechaza los impuestos progresivos, la redistribución pública ni unas instituciones que limiten las desigualdades. Lo que rechaza es la idea de que nuestras obligaciones igualitarias terminen exactamente allí donde termina la ley. Su sociedad igualitaria necesitaría, por tanto, dos mecanismos complementarios: un ethos igualitario que lleve a las personas a moderar voluntariamente determinadas ventajas incluso cuando la ley no las obligue.


Aúm así, Cohen no sería partidario de legislar toda la moral individual. Su propuesta distingue entre obligaciones jurídicas y exigencias morales. Las primeras pueden imponerse mediante impuestos progresivos, servicios públicos, regulación laboral o límites a determinadas formas de acumulación. Las segundas pertenecen al ethos igualitario: no son obligaciones jurídicas que puedan imponerse directamente mediante leyes, sino exigencias morales que afectan a la manera en que cada individuo decide vivir, consumir, trabajar, ahorrar o utilizar sus recursos. Pueden, sin duda, incentivarse mediante medidas públicas, especialmente a través de la educación, la promoción de valores cooperativos, la sensibilización social o la creación de instituciones que faciliten la solidaridad y la redistribución. Intentando orientar la manera en que las personas utilizan sus recursos, eligen su profesión o deciden cuánto consideran razonable conservar para sí mismas.


Por eso, Cohen defendería leyes que corrigieran desigualdades injustificadas y garantizaran unas instituciones justas, pero no necesariamente una legislación que obligara a cada ciudadano a donar todo excedente, renunciar a cualquier lujo o vivir exactamente como prescribe el ideal igualitario.Sin embargo, en último extremo, su cumplimiento depende de la conciencia y de la voluntad de cada persona. El Estado puede establecer condiciones que favorezcan una conducta más igualitaria, pero no puede sustituir completamente la decisión individual de moderar las propias ventajas y actuar de acuerdo con un ideal de justicia que vaya más allá de lo estrictamente exigido por la ley. Convertir cada deber moral en una obligación legal podría producir una sociedad obediente, pero no una sociedad verdaderamente igualitaria en el sentido que le interesa a Cohen.


En definitiva, la teoría de Cohen ofrece una crítica muy poderosa de las desigualdades y de la idea de que basta con vivir bajo instituciones justas para quedar moralmente exentos de toda responsabilidad hacia los demás. Sin embargo, cuando intentamos traducir su propuesta en orientaciones concretas para la vida cotidiana, aparecen importantes dificultades. Cohen nos proporciona un criterio exigente para cuestionar la acumulación de ventajas y para preguntarnos si estamos aprovechando injustamente nuestras capacidades, nuestros ingresos o nuestras oportunidades, pero no establece con suficiente precisión dónde deben situarse los límites de ese deber moral.