La posición de Stephen Kotkin ante la guerra con Irán resulta especialmente interesante porque no encaja fácilmente en la oposición entre quienes defienden la intervención militar y quienes la rechazan de manera absoluta. Kotkin considera que el régimen iraní ha constituido durante décadas un grave problema estratégico para Estados Unidos y sus aliados, pero, al mismo tiempo, duda de que una campaña militar pueda por sí sola resolver ese problema. Su análisis obliga, por tanto, a distinguir entre éxito militar, transformación política y victoria estratégica.


Para comprender su posición es necesario empezar por un elemento que a veces queda relegado frente al programa nuclear iraní: la estrategia de proxies construida por Teherán durante décadas.


Una guerra que, para Kotkin, no comenzó ahora


Kotkin sostiene que la confrontación entre Estados Unidos e Irán debe contemplarse desde una perspectiva histórica mucho más amplia. En mayo de 2026 afirmaba que el régimen iraní llevaba aproximadamente 47 años enfrentándose a Estados Unidos, tomando como punto de partida la Revolución Islámica de 1979. Por ello, la guerra actual no sería simplemente la aparición repentina de un nuevo conflicto, sino una intensificación de una rivalidad que durante décadas se desarrolló muchas veces de forma indirecta.


Esta puntualización resulta fundamental. La República Islámica aprendió muy pronto que no necesitaba competir convencionalmente con Estados Unidos o Israel. Su inferioridad militar podía compensarse mediante una estrategia mucho más barata: extender su capacidad de influencia y coerción mediante organizaciones armadas aliadas.


Con el paso de los años, Irán financió, armó, entrenó o apoyó, con grados diferentes de control, a actores como Hezbolá en Líbano, diversas milicias chiíes en Irak, los hutíes en Yemen y organizaciones palestinas como Hamás y la Yihad Islámica. Siria, bajo Bashar al-Assad, desempeñó además durante décadas un papel esencial como aliado estatal y corredor logístico entre Irán y Hezbolá.


No debe entenderse que todos esos grupos fueran simples marionetas iraníes. Cada uno posee intereses, dirigentes y dinámicas políticas propias. Pero, considerados conjuntamente, proporcionaron a Teherán algo extraordinariamente valioso: la posibilidad de ejercer presión militar en distintos puntos de Oriente Medio sin asumir siempre directamente el coste de una guerra convencional.


Ahí reside una de las claves del problema estratégico iraní.


El poder mediante intermediarios


Durante años, esta estrategia permitió a Irán proyectar una influencia regional muy superior a la que cabría esperar de sus recursos económicos y militares.


Los proxies proporcionaban además una ventaja especialmente importante: ambigüedad y distancia.


Cuando una milicia iraquí atacaba instalaciones estadounidenses, cuando los hutíes lanzaban misiles o drones, o cuando Hezbolá amenazaba el norte de Israel, surgía inevitablemente la cuestión de hasta qué punto debía responsabilizarse directamente a Teherán.


Esa incertidumbre dificultaba la respuesta occidental. Atacar directamente a Irán podía desencadenar una guerra regional; limitarse a responder contra la organización ejecutora permitía, en cambio, que Teherán conservara intacta buena parte de la arquitectura que hacía posible esos ataques.


De esta manera se produjo una peculiar asimetría: Irán podía ejercer violencia mediante terceros mientras sus adversarios intentaban evitar una escalada directa con el Estado iraní.


Kotkin había advertido ya antes de la guerra de los peligros de una pérdida de capacidad disuasoria frente a Irán. En una intervención anterior recordaba, por ejemplo, que Estados Unidos no respondió militarmente de forma directa a episodios como el derribo de un aparato estadounidense en 2019 o el ataque contra instalaciones petroleras saudíes del mismo año.


El problema acumulativo es evidente: si utilizar intermediarios resulta eficaz y relativamente poco costoso, existen fuertes incentivos para continuar utilizándolos.


El 7 de octubre y el cambio de percepción israelí


Los acontecimientos desencadenados por el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 modificaron radicalmente el cálculo estratégico israelí.


Desde la perspectiva que Kotkin analiza, Israel dejó progresivamente de considerar a Hamás, Hezbolá y otros actores como problemas relativamente independientes y comenzó a interpretar el conjunto como partes de una arquitectura regional cuyo centro último de gravedad estaba en Irán.


Esta diferencia conceptual es enorme.


Si Hamás constituye exclusivamente un problema palestino, la respuesta puede concentrarse en Gaza. Si Hezbolá constituye exclusivamente un problema libanés, la solución puede buscarse en Líbano.


Pero si ambos forman parte —con todas las diferencias y matices necesarios— de una estrategia iraní de proyección regional, entonces destruir sus capacidades sin alterar la fuente que permite reconstruirlas puede proporcionar únicamente una victoria temporal.


Aquí aparece una expresión recurrente en el análisis estratégico israelí que Kotkin utiliza: “mowing the lawn”, cortar el césped.


Se destruyen arsenales, infraestructuras y dirigentes. La amenaza disminuye. Pero con el tiempo vuelve a crecer y es necesario repetir la operación.


Kotkin reconoce que, desde una perspectiva estrictamente israelí, esta estrategia puede tener cierta racionalidad. Si cada intervención compra algunos años de seguridad, esos años tienen valor. Sin embargo, para Estados Unidos considera insuficiente una estrategia basada indefinidamente en degradar capacidades que posteriormente pueden reconstruirse.


Nuclear, misiles y proxies: tres dimensiones de un mismo problema


Esto permite entender por qué reducir el conflicto con Irán exclusivamente a su programa nuclear resulta demasiado simplificador.


Para Israel y Estados Unidos existen al menos tres dimensiones conectadas:


1. el programa nuclear;

2. el programa de misiles y drones;

3. la red regional de proxies y aliados.


Las tres se refuerzan mutuamente.


Un Irán dotado de una capacidad nuclear o próximo a ella podría sentirse más protegido frente a represalias externas. Los misiles permiten amenazar directamente a Israel y a las instalaciones estadounidenses de la región. Y los proxies permiten ejercer presión a distancia, abrir varios frentes simultáneamente y aumentar enormemente el coste de enfrentarse a Teherán.


Por eso la cuestión iraní no consiste únicamente en preguntarse si Teherán construirá una bomba atómica.


La cuestión estratégica más amplia sería:


¿puede un Estado construir alrededor de sus adversarios una red permanente de coerción indirecta mientras desarrolla simultáneamente capacidades militares que hacen cada vez más costoso neutralizar esa red?


La importancia de los proxies aparece precisamente aquí.


¿Qué persigue Estados Unidos?


En la explicación de Kotkin aparecen varios intereses estadounidenses simultáneos.


El primero es la propia seguridad estadounidense. Si se acepta su caracterización de una confrontación prolongada durante 47 años, Washington tendría interés en modificar una relación en la que Irán ha podido desafiar reiteradamente a Estados Unidos y a sus aliados.


El segundo es la protección de Israel y de los Estados árabes del Golfo. Kotkin insiste expresamente en que los intereses norteamericanos no se reducen a Israel. Arabia Saudí, Emiratos y otros Estados de la zona forman parte de un equilibrio regional cuya desestabilización tendría consecuencias mucho mayores.


El tercero es el sistema energético mundial. Kotkin recuerda que numerosos aliados de Estados Unidos en el Indo-Pacífico dependen de la energía procedente del Golfo Pérsico. Japón, Corea del Sur y otros socios estratégicos estadounidenses tienen un interés directo en que las rutas energéticas permanezcan abiertas y relativamente estables.


Este punto conecta Oriente Medio con algo que suele interesar mucho a Kotkin: China.


Desde su perspectiva de gran estrategia, Estados Unidos no puede contemplar Irán aisladamente. Cada portaaviones, interceptor, misil o recurso dedicado durante mucho tiempo a Oriente Medio es un recurso que potencialmente no está disponible en Asia.


La pregunta relevante no es entonces simplemente:


“¿Podemos derrotar militarmente a Irán?”


sino:


“¿Es esta la mejor utilización del poder estadounidense teniendo en cuenta que el principal desafío estratégico a largo plazo se encuentra en Asia?”


La economía doméstica también importa


Kotkin añade además un elemento menos épico pero políticamente fundamental: el precio de la energía afecta directamente a los estadounidenses.


Una grave perturbación del Golfo Pérsico puede elevar el precio internacional del petróleo y terminar repercutiendo en el precio de la gasolina, la inflación y el coste de vida.


La gran estrategia entra así en la gasolinera.


Esto puede parecer trivial frente a cuestiones como las armas nucleares, pero constituye una observación importante: los Estados rara vez intervienen por una sola causa. Seguridad, alianzas internacionales, rutas comerciales, energía y política doméstica forman un entramado de intereses.


Kotkin relaciona expresamente la estabilidad regional con la seguridad energética de los aliados asiáticos y con la asequibilidad y el nivel de vida de los propios ciudadanos estadounidenses.


El problema fundamental: ganar una guerra no equivale a resolver Irán


Aquí aparece probablemente la parte más interesante del pensamiento de Kotkin.


Puede destruirse una instalación nuclear.


Puede eliminarse una batería de misiles.


Puede matarse a un dirigente.


Puede debilitarse a Hezbolá.


Pero ninguna de esas acciones responde automáticamente a una pregunta mucho más difícil:


¿qué debe ocurrir políticamente en Irán para que dentro de diez o veinte años no haya que volver a destruir exactamente lo mismo?


Kotkin distingue así entre degradación militar y solución política.


Una operación militar puede proporcionar una victoria táctica impresionante y, sin embargo, no modificar las estructuras que generaban el problema.


Esta cuestión resulta especialmente evidente con los proxies.


Si el régimen iraní continúa considerando rentable financiar organizaciones armadas exteriores, y conserva los recursos suficientes para reconstruirlas, destruir una generación de misiles o dirigentes puede limitar la amenaza sin eliminar el mecanismo que la produce.


Kotkin no propone una invasión para democratizar Irán


Sería fácil interpretar todo lo anterior como una defensa del cambio de régimen mediante intervención militar.


Pero Kotkin rechaza precisamente esa conclusión.


Ha afirmado explícitamente que no es partidario del regime change entendido como la intervención exterior destinada a derrocar un gobierno y construir otro desde fuera. Su estudio histórico de los regímenes autoritarios le lleva a desconfiar profundamente de la idea de que eliminar a un dirigente equivalga a eliminar un sistema político.


Un régimen no consiste únicamente en el hombre situado en la cima.


Está formado por servicios de seguridad, fuerzas armadas, burocracias, élites económicas, redes clientelares, instituciones religiosas, beneficiarios materiales e individuos cuya supervivencia puede depender de la continuidad del sistema.


Por eso incluso un gobierno profundamente impopular puede sobrevivir.


Esta es una de las enseñanzas centrales de la obra de Kotkin sobre el autoritarismo: los regímenes aparentemente fuertes pueden contener enormes debilidades internas, pero esas debilidades no permiten predecir fácilmente cuándo se derrumbarán. Su conversación de marzo de 2026 sobre Irán se centró precisamente en esta paradoja.


La estrategia del “judo”


Su alternativa resulta mucho más sutil.


Kotkin cree que Estados Unidos debería intentar que el propio régimen iraní tenga que “confrontar sus fracasos y su ilegitimidad ante su pueblo”.


Su razonamiento podría describirse como una especie de judo político.


En el judo no siempre se vence al adversario mediante una fuerza superior; puede utilizarse su propio movimiento y su propio peso contra él.


Aplicado a Irán, significaría explotar las contradicciones internas del régimen en lugar de resolverlas involuntariamente mediante una ocupación extranjera.


El sistema iraní debe gestionar problemas económicos, descontento social, rivalidades internas, servicios públicos deficientes, dificultades energéticas y de agua y una profunda cuestión de legitimidad.


Una presión exterior inteligente debería, según esta lógica, hacer que el régimen tuviese que responder ante su propia población por esos fracasos.


Hay aquí una paradoja importante.


Una invasión estadounidense podría incluso beneficiar políticamente al régimen, porque permitiría transformar un conflicto entre gobierno y sociedad en un conflicto entre Irán y un enemigo extranjero.


Una estrategia orientada a obligar al gobierno a enfrentarse con sus propias contradicciones trataría de evitar precisamente ese resultado.


¿Puede una dictadura ser al mismo tiempo fuerte y débil?


Aquí el análisis geopolítico de Kotkin adquiere una dimensión casi filosófica.


Los regímenes autoritarios presentan una paradoja.


Pueden disponer de ejércitos, policías, servicios secretos, cárceles y enormes instrumentos de coerción y, sin embargo, encontrarse asentados sobre una legitimidad extremadamente frágil.


Son fuertes institucionalmente y débiles políticamente.


Pero ocurre también lo contrario: precisamente porque conocen su debilidad, desarrollan sofisticados mecanismos de supervivencia.


Reprimen alternativas.


Dividen a sus adversarios.


Distribuyen privilegios.


Controlan información.


Crean enemigos exteriores.


Y construyen redes de intereses cuya supervivencia depende de la continuidad del régimen.


Kotkin lleva décadas estudiando este fenómeno en la Unión Soviética y otros sistemas autoritarios. Su interpretación de Irán aplica esa misma intuición: no debemos confundir vulnerabilidad con colapso inminente.


El dilema moral de los proxies


La estrategia iraní de intermediarios plantea además una cuestión filosófica importante acerca de la responsabilidad.


Supongamos que un Estado financia, arma y asesora a una organización que posteriormente lleva a cabo un ataque.


¿Quién es responsable?


La respuesta intuitiva —“quien disparó”— resulta insuficiente.


Pero tampoco sería razonable atribuir automáticamente cada decisión del grupo armado al Estado patrocinador.


Entre ambos extremos existe un enorme espacio político y moral.


Precisamente ahí encuentra su utilidad estratégica la guerra por intermediarios: fragmenta la responsabilidad.


El patrocinador puede afirmar que no controla al grupo.


El grupo puede actuar sin exponer directamente al Estado.


Y el adversario debe decidir si responde contra quien ejecutó la acción, contra quien la hizo posible o contra ambos.


La ambigüedad no constituye un accidente de este modelo de guerra. Es una de sus principales ventajas.


El problema de la proporcionalidad


También aparece aquí otro dilema filosófico.


Durante años, las democracias occidentales han intentado responder proporcionalmente a cada agresión concreta para evitar una escalada regional.


Moralmente, esa prudencia parece razonable.


Pero estratégicamente puede generar un resultado perverso.


Si un actor descubre que puede organizar veinte pequeñas agresiones y que cada una recibirá únicamente una pequeña respuesta, puede concluir que la suma de pequeñas agresiones continúa siendo rentable.


Surge entonces una tensión entre dos principios:


la proporcionalidad de la respuesta individual y la eficacia disuasoria acumulativa.


Una respuesta puede ser proporcionada al ataque precedente y, sin embargo, insuficiente para alterar el comportamiento que producirá el ataque siguiente.


La estrategia de proxies iraní ha explotado durante décadas precisamente esa dificultad.


El riesgo contrario: convertir una explicación en una justificación


Sin embargo, reconocer este problema no significa aceptar automáticamente cualquier respuesta militar contra Irán.


Que exista una estrategia iraní de proxies no demuestra que cualquier bombardeo sea prudente.


Que el régimen sea autoritario no legitima automáticamente su derrocamiento externo.


Que Israel tenga amenazas reales no significa que cualquier acción militar israelí sea proporcionada.


Y que Estados Unidos posea intereses legítimos en la región no convierte todos esos intereses en derechos ilimitados de intervención.


Esta distinción es especialmente importante para comprender correctamente a Kotkin.


Su análisis explica por qué existe el problema estratégico; no ofrece un cheque en blanco acerca de cómo resolverlo.


De hecho, su propia preocupación por las consecuencias de una guerra prolongada demuestra precisamente lo contrario.


Israel y Estados Unidos no tienen exactamente el mismo problema


Otro aspecto especialmente interesante de Kotkin es la diferencia que establece entre los objetivos israelíes y estadounidenses.


Para Israel, degradar las capacidades militares iraníes puede constituir una victoria suficiente durante cierto período.


Israel se encuentra físicamente en la región y puede considerar que ganar cinco, diez o quince años de reducción de amenaza constituye por sí mismo un objetivo valioso.


Estados Unidos debe contemplar una estructura estratégica mucho más amplia.


Tiene compromisos en Europa.


Debe sostener alianzas en Asia.


Debe disuadir a China.


Debe mantener reservas de municiones.


Debe garantizar rutas comerciales.


Y debe hacerlo sin convertir cada crisis regional en el centro permanente de su política exterior.


Por eso Kotkin sostiene que Washington necesita “algo diferente” de limitarse a cortar periódicamente el césped iraní.


¿Una victoria militar puede convertirse en una derrota estratégica?


Esta es finalmente la pregunta que atraviesa todo su análisis.


La historia proporciona numerosos ejemplos de Estados que ganaron campañas militares pero no consiguieron convertir esas victorias en un orden político favorable.


La superioridad militar estadounidense permite destruir objetivos.


Mucho más difícil es construir después una situación estable.


Irak y Afganistán explican en buena medida por qué esta diferencia debería preocupar a cualquier estratega estadounidense contemporáneo.


Irán es, además, un país mucho mayor y demográficamente más importante que Irak, con una fuerte identidad nacional y una larga historia estatal.


Pensar que destruir la dirección política produciría automáticamente una democracia estable supondría confundir la eliminación de un gobierno con la creación de un orden político.


Son problemas completamente diferentes.


Kotkin entre el realismo y la prudencia


La posición de Kotkin podría caracterizarse finalmente como una combinación de realismo y prudencia estratégica.


Realismo porque reconoce que:


- Irán ha construido durante décadas una arquitectura regional hostil a Estados Unidos y a varios de sus aliados.

- Los proxies forman parte esencial de esa estrategia.

- El programa nuclear y los misiles no pueden analizarse aisladamente.

- La disuasión requiere que determinadas acciones tengan costes.


Pero también prudencia porque:


- una victoria militar no garantiza una transformación política;

- eliminar dirigentes no destruye necesariamente un régimen;

- una ocupación extranjera puede producir resultados peores;

- el poder militar estadounidense es limitado y tiene costes de oportunidad;

- y una guerra en Oriente Medio debe analizarse teniendo presente el desafío estratégico de China.


Esta combinación explica por qué Kotkin puede reconocer los éxitos militares obtenidos contra las capacidades iraníes y, simultáneamente, cuestionar que exista todavía una verdadera estrategia de salida.


La cuestión decisiva


Quizá pueda sintetizarse toda su posición mediante una pregunta.


¿Qué queremos que sea diferente cuando termine la guerra?


Si la respuesta es simplemente que Irán tenga menos misiles, menos centrifugadoras y proxies debilitados, la guerra puede conseguirlo durante un tiempo.


Pero si el objetivo es que Irán deje de considerar rentable organizar su poder regional mediante misiles, presión indirecta y organizaciones armadas, entonces el problema es mucho más profundo.


Ya no estamos hablando exclusivamente de bombardear objetivos.


Estamos hablando de modificar incentivos políticos, relaciones regionales, legitimidad interna y estructuras de poder.


Y ahí se encuentra precisamente el límite que Kotkin señala una y otra vez: la fuerza militar puede destruir capacidades; resulta mucho menos competente para fabricar por sí sola el orden político que debería reemplazarlas.


Su análisis de Irán contiene así una enseñanza que va mucho más allá de Oriente Medio.


Una gran potencia no demuestra su grandeza porque sea capaz de ganar una batalla.


La demuestra cuando sabe para qué quiere ganarla, qué debe suceder después y cuándo dejar de combatir.